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Estaba en mi casa viendo la tele cuando sonó el teléfono. Era mi prima Pamela que me llamaba para que, sí o sí, acudiera a su boda. La semana anterior había recibido la invitación pero aún no había confirmado. Y es que por una parte era Pamela, no podía dejarla en ese día tan importante, pero por el otro estaba el hecho de que alucino las bodas, y más si son tan lejos.

– Pamela – le dije – me encantaría estar contigo, pero si ya una boda en Satélite se me hace lejísimos, ahora imagínate hasta París. Además…

-¿Revisaste la invitación? – me interrumpió

– Eeehh… sí – respondí mientras miraba bien todo el contenido, encontrándome con un boleto de avión- Ups…

– Y del hospedaje, ni te apures, te quedas en mi casa.

Cuando colgué tenía algo muy en claro. Podrían no gustarme las bodas pero iría a una ¡en París!

Tras casi once horas de vuelo llegué al aeropuerto Charles de Gaulle y me topé con un pequeño inconveniente. Salvo “oui”, “Jean Valjean” y “Le pupú mató a le güagüa” no hablo nada de francés. Afortunadamente los letreros del aeropuerto vienen también en inglés, así que no tuve ningún problema en llegar a la salida donde Pamela estaba lista para recogerme.

-¡Qué bueno que te animaste a venir! Vamos a mi casa a que te instales, descanses un rato y salimos a cenar. Mañana te dedicas a pasear, te va a acompañar Raquel, en la noche cenamos juntos, y pasado mañana, durante el día, terminas con tu visita. En la noche vas a la boda y al día siguiente puedes ir de compras, o lo que quieras antes de que salga tu vuelo

– Sir, yes sir – le contesto en broma

-¿Me estás diciendo mandona?

Al día siguiente Raquel ya estaba lista desde temprano para hacer su papel de guía de turistas.

-¿Te parece bien visitar hoy el Louvre y mañana Versalles? La torre Eiffel y el Arco del Triunfo los conocerás hoy en la noche, pero es una sorpresa.

– Prefiero hoy Versalles y conocer algunas calles y lugares que la gente no suele conocer en sus viajes, como la casa de Víctor Hugo y las calles que menciona en Los Miserables. Y ya mañana puedo visitar el Louvre, que es más turístico. De cualquier forma ni tiempo me va a dar de recorrerlo todo.

Así que nos metimos al metro de París y viajamos hasta la estación Bastille para conocer la Place de la Bastille, erigida en donde alguna vez se encontrara la temible fortaleza-prisión. Una columna se alza en todo lo alto, coronada con una victoria alada. Del elefante en que durmiera Gavroche no queda mas que la base.

De ahí caminamos por las calles Parisinas hasta llegar a la casa de Víctor Hugo, que es un edificio impresionante convertido ahora en museo. Él no ocupaba toda la casa, sólo el segundo piso, que, por la escases del tiempo fue lo único que visité. Pude ver algunos de sus muebles. Me lo imaginé escribiendo los Miserables. Saliendo fuimos a conocer la Iglesia de Saint Paul et Louis, lugar donde se casaron Mario y Cosette.

Atravesamos el Sena y llegamos al Cafe de Flore para tomar un tentempié. Es una cafetería, típica francesa que no se distinguiría de otras similares si no fuera porque ahí solían reunirse Picasso, Bretón y Sartre, entre otros. Actualmente, sin tener el auge intelectual de antaño, aún recibe a gente del espectáculo y las artes. El tiempo nos comió, por lo que saliendo de ahí nos dedicamos a pasear por las calles de París que combinan los majestuosos monumentos históricos con la ciudad moderna, las calles antiguas con las modernas avenidas. Definitivamente Versalles tendría que esperar.

La sorpresa de la noche fue increíble. Cenamos en el Bustronome, que es un autobús con techo de cristal que hace un recorrido por las principales atracciones de la ciudad. Así, mientras cenábamos muy rico, aunque nada del otro mundo, visitamos el Arco del Triunfo, la Torre Eiffel, el Louvre, el Pantheón, los Inválidos, la Ópera Garnier, el Campo Marte y recorrimos Champs Élysées. Todo con un video interactivo en el que te explicaba brevemente la historia del lugar y pudimos ver imágenes del interior. El recorrido generalmente dura dos horas y media, pero por las influencias de mi futuro primo, y su dinero, hicimos un tour de tres horas y media. Obviamente, entre el recorrido de la mañana y el de la noche, al día siguiente ni Raquel ni yo nos podíamos levantar, así que le hice prometer a Pamela que en otra ocasión me invitara más días para poder conocer tantos lugares que me faltaron.

Ya es de noche y estoy en la misa. El sacerdote está dando el sermón en francés y, como es lógico, no entiendo nada. Si no fuera porque estoy admirando Notre Dame ya me hubiera dormido. Trato de imaginarme la boda de Felipe el hermoso o la coronación de Napoleón. Siglos de cultura e historia están ante mis ojos, más majestuosos que los que vi en la mañana pero igual de importantes.

No cabe duda que, como dijo Enrique de Borbón y después Enrique IV, París bien vale una misa.

 

 

 

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