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Cuando Lucía dio el primer paso para iniciar el largo recorrido que la llevaría frente al Buda Tian Tan que se encuentra en Hong Kong, no sintió ni siquiera vagamente el miedo que la invadía cada vez que iba al bosque forzada por el deseo de su padre. El gesto sereno y tranquilo de aquella enorme estatua de bronce entronando las tres enormes plataformas que forman parte del Templo le dieron la confianza para seguir adelante.

El primer escalón estaba frente a ella, dio el paso, los rayos solares que la deslumbraban parecían provenir de la enorme escultura de Buda, estaba segura de que el bronce resplandecía con luz propia, no cabía duda que era la luz de Buda que llegaba hasta ella.

Continuó subiendo escalón tras escalón, los empezó a contar solamente por curiosidad. Al llegar al escalón cincuenta se detuvo un momento, el corazón latía frenéticamente, tomó un descanso. Dirigió la vista hacia lo alto, no vio nada, el brillo del bronce la cegó. En ese momento de obscuridad cientos de imágenes del pasado y presente vagaban por su mente, tomó al aire una de ellas. La mano dura de su padre que se levantaba contra la fragilidad de su esposa, la disciplina férrea que les imponía a ella y a sus hermanos le hicieron recordar una infancia triste, llena de dolor y enojo, de impotencia. Lamentó no haber ayudado a su madre.

“Disculpe, no la vi”, fueron las palabras que la trajeron al presente.

Movió la cabeza de un lado al otro para sacudirse los pensamientos. Continuó su camino decidida a llegar de un jalón hasta la cumbre. La gran cantidad de escalones y su escasa condición física la obligaron a hacer otra parada. Se sentó a la orilla de un escalón, el desfile de imágenes se apoderó nuevamente de ella, y al suspirar profundamente vio la silueta de Mauricio, su primer y verdadero amor. Recordó las tardes en el “aeropuerto” de la Facultad de Filosofía y Letras, las risas, las tardes de caricias y besos, de promesas que no se cumplieron… resultó inevitable sentir el primer golpe que le había dado cuando ya estaban casados, los gritos, las amenazas, el engaño que la había llevado a tomar la difícil decisión de separarse de aquel hombre. Al parecer no existe la felicidad absoluta, pensó, y en el momento en que empezaba a dudar de lo que había aprendido durante los años de meditación, la sombra de la enorme mano de Buda la protegió, como si fuera un manto de paz y tranquilidad, del calor pertinaz que emanaba de los rayos solares y que le quemaba la piel.

Continuó avanzando, 240 escalones no serían un obstáculo en su camino. El dolor que sentía en las piernas, pero sobre todo en las rodillas, le trajo a la memoria al último hombre que había amado. La relación que los unió distaba mucho de la inocencia del primer amor, más bien era pasión y deseo al principio, pero el tiempo, la distancia, las mentiras, los secretos, lo habían convertido en desencanto, aburrimiento, fastidio. Finalmente aquel hombre no era más que una réplica de los hombres de su vida; cumplía con los tres requisitos: mujeriego, falso, colérico. Sin más que recordar porque las historias en las que aparecen personajes idénticos resultan al final tediosas, siguió subiendo escalones.

Y, cuando la cima parecía inalcanzable, un último paso la llevó al encuentro con Buda. La majestuosidad de aquella escultura, el brillo del bronce bruñido y la serenidad que emanaba de su rostro fueron el bálsamo que durante tantos años había estado buscando, de la misma forma en la que hombres de todos los tiempos han buscado el Santo Grial o el elixir de la vida.

Lucía se sentó en flor de loto y respiró profundo; cerró los ojos y dejó que la serenidad y sabiduría que emanaba del cuerpo de Buda la invadieran. Comprendió que tenía que cerrar puertas para abrir otras, aquellos hombres quedaron como parte de su pasado, como experiencias ni buenas ni malas, sencillamente experiencias que le habían permitido sentir la certeza de que jamás volvería a tratar con este tipo de hombres. Abrió los ojos, admiró la caída del sol detrás del Gran Buda, no había más que hacer, y emprendió el camino de regreso.

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