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Lentamente lleno mis pulmones con el aire de la habitación. Huele a serenidad, huele a su piel.

Abro los ojos al mismo ritmo en que exhalo su aroma. Mi cuerpo termina de relajarse al ver a través de la ventana, el atardecer de Lisboa siempre ha tenido ese efecto sobre mí. Es por eso que prefiero los lugares altos de la ciudad, ahí en donde la vista combina lo urbano con lo natural del río y el cielo lisboeta. Hoy elegí la Albergaria da Senhora do Monte.

Ante mí está el matiz que crea el azul del cielo que anochece y los tonos anaranjados de los últimos rayos del sol sobre el Tajo.

Mi vista recorre lentamente las casas lisboetas, se detiene en la Praça Martim Moniz que se ha convertido en un lugar recurrente de la clase media portuguesa y que ahora es conocida como Mercado de fusão. Es uno de mis lugares favoritos, ahí mientras como, puedo ver a las personas pasar, pasear. Mientras como, puedo distinguir, puedo elegir.

Alzo poco más la vista y me encuentro con el puente 25 de Abril, ese que genera un sonido metálico todo el tiempo por el pasar de los coches. Un zumbido que apaga las voces, un bramido que aclara mi mente.

Al final del puente, iluminado, veo el Santuario Nacional de Cristo Rei, voy ahí cada domingo. A las siete en punto entro a la Capilla de Nossa Senhora da Paz. A las siete y cinco me hinco en el frío piso de mármol. A las cinco y veinte termino mi oración y me pongo de pie. Camino hacia la pila de agua bendita, mojo la punta de mi dedo pulgar y me persigno. A las siete y veinticinco dejo caer tres gotas de sangre en el agua cristalina, es mi ofrenda, es mi salvación. Pero nunca es mi sangre.

Regreso a mi realidad, la noche finalmente baña la ciudad y sus techos rojos. Rojos…, carmesí…, escarlata… El mismo color que baña la sábana de está habitación en el albergue, color que ha salido lentamente de su corazón. Me siento al borde de la cama y veo su pálido cuerpo, acaricio con la punta de mis dedos alrededor de la herida, ya no sangra; meto mi dedo corazón tratando de alcanzar el suyo, de que estén juntos. Ya no late. Se fue, no era ella. Resbala una lágrima sobre mi mejilla y cae sobre su blanco pecho. No era ella…. – não foi você – digo mientras golpeo el colchón con mi puño.

Recojo el maletín, limpio la habitación y salgo del albergue. Camino calle abajo, me dirijo hacia el Santuario. Amanece. Miro el reloj, las seis cincuenta. Me dirijo a la capilla. Miro el reloj, las siete. Entro. Las tres gotas de sangre caen en la pila. La primera por mí, la segunda por ellas, la tercera para encontrarte. Siete treinta, salgo de la capilla.

Hoy debo dormir, fue una semana agotadora. Regreso a mi apartamento en O Bairro Da Cruz Vermhela, pero antes paro a desayunar en Le Jardin Café cerca del jardín botánico de la universidad de Lisboa. Ahí tomo un café y tres pastéis de nata, suficientes para calmar el hambre.

Camino por la Rua da Escola Politecnica para llegar al autobús que me lleve a casa cuando siento algo en las piernas, bajo la vista para descubrir a un pequeño Barbado de Terceira que empieza a juguetear por mis piernas, me agacho para acariciarlo y ver si tiene collar, quizá alguien lo perdió.

Casi de inmediato, una chica se acerca jadeando por la carrera que hizo para perseguir a su cachorro..–Me disculpe– me dice la chica antes de siquiera poder voltear a verla –Sinto muito se “pretinho” está incomodando a vocé – me dice avergonzada.Não se preocupe – le contesto.

Levanto la vista y me encuentro con sus ojos. Poco a poco me levanto sin dejar de mirarla. No puedo dejar de verla <<Tiene que ser ella>>, noto que eso la intimida, quizá hasta la asusta, y eso hace que mi sangre se acelere. A la luz del sol, sus ojos marrón desprenden destellos verdes que me atan a ella <<Es mía, es para mí>>.

Intimidada por mi mirada, baja la vista hacia el cachorro y toma la correa, se despide con una sonrisa y sigue su camino.

El cansancio se me va del cuerpo <<Es ella, estoy seguro>> (otra vez). Veo que entra en el Jardim do Príncipe Real. Espero a que termine su paseo con “pretinho”. observo cada movimiento que hace <<Es mía>>, cada músculo que mueve <<Es ella>>, cada gesto <<La encontré>>.

Llevo tres días siguiéndola.

Ayer nos volvimos a cruzar, toda una “coincidencia”.

Necesitaba ver sus ojos otra vez. No los puedo sacar de mi cabeza.

Ha pasado una semana más.

No puedo dejar de verla.

Ya debería haber seleccionado el lugar.

El domingo no fui a la capilla.

Me “encontré” con ella una vez más.

Ya conozco su rutina.

Es hora. Es ella.

Hoy regreso a la capilla. Aunque es martes, necesito calmarme. Siete y veinticinco, dejo caer las tres gotas de sangre pendientes, esta vez son todas mías. Esta vez son todas por ella.

Elijo esta vez un lugar en Olho de boi, más cerca de O cristo Rei, no es un lugar de donde pueda ver toda la ciudad pero ahora será diferente << Porque es ella>>. La Quinta de Arealva será perfecta, está en ruinas, podré estar solo con ella. Al fin estaremos juntos, al fin me han escuchado.

La última vez que nos vimos la invité a reunirnos, le dije que yo también tenía un perro que seguro congeniaría con pretinho. Cruzamos el puente 25 de Abril. Le enseño O Cristo Rei y la Cruz Alta. En el camino pretinho y ella se van quedando dormidos. Es algo que tenía que hacer, obviamente.

Al llegar a la Quinta saco al perro del coche, solo nos estorbaría, ya tuvo mucho de ella. La levanto en mis brazos, no pesa, es ligera, hoy se ve más hermosa que nunca, el sol refleja en su piel. La acuesto en unos tablones de madera.

Abre lentamente sus ojos, el sol pega en su cara, esta vez el color verde invade su iris, solo un halo marrón rodea su pupila. Es hermoso. En un instante sus ojos se abren completamente, suelta un gemido detrás de la cinta que cubre su boca, trata también de moverse pero las cuerdas se lo impiden.

Estoy sentado junto a ella, le acaricio el cabello, le digo que todo va a estar bien. Le tomo una mano, le beso la frente, le beso los labios, le beso los ojos. Le digo en un susurro al oído que le voy a quitar la cinta de la boca, que no grite, que no hay nadie cerca, que estaremos siempre juntos.

No grita, pero quiere hacer preguntas, quiere saber qué pasa. Le pongo mi dedo índice en su boca –shhh – la tranquilizo.

Corto un poco la punta de mi dedo corazón, le hago beber tres gotas de mi sangre. Hago un pequeño corte en el suyo. Bebo tres gotas de su sangre.

Levanto el cuchillo a la altura de su corazón, tengo que verlo, tengo que descubrir que es el que me robaron, sé que está dentro de ella. Algo detiene mi mano. <<No puedo. Pero tengo que hacerlo>>. Empiezo a temblar, nunca me había pasado. Una lagrima corre por mi mejilla, y luego otra. Sollozo incontrolablemente. <<¿Qué me pasa?>>.

Por fin termina el llanto. Me mira sorprendida. Levanto el cuchillo. Esto tiene que acabar ya…

Tres gotas de sangre caen del cuchillo, tres gotas de sangre caen en los tablones. Le siguen otras tres y después, muchas más…

¿Es mi sangre?… La cabeza me da vueltas

¿Es de ella?… ella llora.

La sangre fluye…

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