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Las seis y diez, la tarde comienza a pardear, Lucía llega a la antigua cafetería. Desde niña su abuelo la llevaba ahí, él bebía una taza de café cargado y ella el chocolate que le llevaban con una banderilla. Platicaban de todo lo que a ella se le ocurría y en ocasiones, era el viejo el que buscaba contarle alguna historia o una anécdota.

Hoy, tantos años después regresaba. Mientras entraba al local notó que el tiempo parecía haberse estacionado ahí: Las mesas y las sillas eran la mismas o al menos eso aparentaban, las cafeteras y molinos antiguos seguían decorando la repisas del lugar, la única diferencia era que ya nadie fumaba en las mesas; en la esquina donde acostumbraba pasar aquellas tardes estaba ya sentado él. Caminó hacia allá con la seguridad que la esperaba; acercarse y tomar asiento fue algo automático.

Él se le quedó mirando entre intrigado y divertido mientras se sentaba; lo mismo hizo ella.

Canoso, con la piel curtida al sol, el pelo y la barba bien recortados, camisa clara, saco informal y una taza de café enfrente. Saludó, buscó a un mesero, pidió chocolate con una banderilla y giró hacia él.

-¿Así que tú eres dios? – Le soltó ella a bocajarro. Él asintió sonriendo.

-Llevo muchos años escuchando hablar de ti, sin embargo siempre he estado convencida de que todo es un mito, una leyenda. No sé cómo podrías persuadirme de que eres en realidad quien muchos, incluyéndote a ti mismo, dicen que eres.

-Bueno, pues aquí me tienes, yo tengo todo el tiempo del mundo, sentenció él.

Llegaron el chocolate y la banderilla. Ella aprovechó para lanzarse a su bolsa y sacar de ella una pequeña grabadora. Presionó el botón de “Rec” y dio un sorbo a su taza.

-Entonces vamos a dejarlo asentado, pues sería iluso pensar que desmentirías lo que has aseverado públicamente: Tú eres el dios que los católicos veneran. Como ya conozco la respuesta a esto y no vas a probarlo, avancemos.

-Es claro que lo soy, la prueba soy yo mismo, pero no te confundas, no la persona que ves; este cuerpo es una forma para que me puedas ver. El café que tomo, sólo es una manera de acomodarme al lugar en que acordamos vernos, y por cierto, está muy sabroso. Imagino que quisieras ver algún milagro, pero eso no lo haré, no soy un mago de Las Vegas que hará desaparecer a un avión. Puedo hacerlo, claro, pero no es un espectáculo.

-A ver, a fin de cuentas, esas son también sólo palabras, pero bueno, vayamos al fondo. ¿Por qué has permitido que un puñado de hombres hayan secuestrado tus ideales? ¿Por qué no dejarlos en libertad entre los que quieran seguirlos, hacerlos cercanos a cada persona?

-Bueno, ahí tienes un gran punto. Eso ha sido una gran desviación, quizá hasta perversa, para mantener un dominio ideológico y monetario. No olvides que la iglesia, esa gente que dices, ha ejercido una muy importante influencia en la instalación de gobernantes. De la misma forma, ha manejado el destino de naciones. En mi nombre se han librado grandes guerras y organizado movimientos sociales. Todo en función de ese poder. Yo mismo ya no puedo parar esa bola de nieve, la maquinaria es enorme, su fuerza es sólida. Ya no son tiempos para un nuevo diluvio universal; cada terremoto, tsunami o volcán sólo logra que, por temor quizá, más personas se les acerquen.

-¿Y las otras religiones? ¿Los budistas, testigos de Jehová, hinduistas, bautistas y un enorme etcétera? ¿Son competencia? ¿Están equivocados?

-No, no. Todas las religiones somos una. Lo que ha sucedido es que por el mismo señorío, cada uno le ha dado el giro que más le convence y la manejan como a ellos les conviene, ya sean monoteístas o politeístas, es igual y está sujeta a las mismas perversiones. Tengo que reconocer también que los usos y costumbres son distintos en diferentes latitudes, así que no todas las formas se acomodan a todos los lugares.

-Pero hay una diferencia enorme entre las diferentes religiones. Unas permiten y premian lo que otras prohíben y castigan y así de forma casi infinita. ¿Cuál es entonces la forma correcta? ¿A quién hacer caso?

-¿En verdad quieres saber? Al que tú quieras, si es que quieres. Muévete por placer, por ti misma o por los demás. Si te gusta, baila, canta o medita. Si quieres casarte, unirte a alguien o seguir individualmente, hazlo así. Lo que sí creo, es que debes ir a tope.

-¿Entonces debo entender que todos esos preceptos, como el celibato por ejemplo, no tienen que ver con tu visión?

-¡Exacto! Muy en especial, el tema del celibato es algo con lo que nada tengo que ver. Hay que buscar la felicidad a través de múltiples caminos y uno de ellos es el placer en sí mismo como vehículo y como fin. En específico, la biología de la concepción está sujeta –principalmente- a la consecución del placer; habría sido muy estúpido de mi parte ceder el control de la perpetuación de la especie al acto sexual y luego prohibirlo o limitarlo. Si algo tienes que saber, es que soy un hedonista convencido.

Lucía sonrió, se movió en la silla y se dispuso a lanzar otra pregunta. Él la detuvo con un ademán. Sorprendida lo miró.

-Cinco preguntas, fue lo que convenimos. ¿Qué clase de dios sería yo si no cumpliera mi palabra?

Ella, contrariada, no tuvo más remedio que aceptar. Apagó la grabadora y tomó la taza, notó que estaba vacía y la bajó. Tras guardar diligentemente sus cosas, sacó un billete y lo puso sobre la mesa.

-Creo que esto cubre el consumo, tú pones la propina…

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