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La humedad y la obscuridad que invadía aquella celda hecha de piedra caliza penetraba el cuerpo de Eduviges quien esperaba con resignación el llamado a la muerte. Acurrucada en una de las esquinas abrazaba sus piernas y apoyaba la cabeza en las rodillas mientras recordaba los días y las noches en el campamento. A su memoria llegaba el olor a frijoles y alcohol, a muerte y deseo, a calor y olvido. Un grito interrumpió sus recuerdos, sudó frío, pero no se movió. Quizá imaginó por un momento que el carcelero no se daría cuenta de que estaba ahí. La voz se volvió a escuchar.

  • ¡Eduviges López! Ponte de pie, mujer, llegó tu hora.

Muy a pesar suyo, Eduviges abrió los ojos, sintió que le lastimaba la escasa luz que penetraba a través de los barrotes de la diminuta ventana que se encontraba en lo alto de la pared que daba al paredón. Se puso de pie, su larga falda completamente arrugada y sucia de dolor e indignación le cubrió las piernas hasta los tobillos, solamente dejaba al descubierto sus pies descalzos. Buscó los huaraches que la condujeron por primera vez hacia el interior de aquella celda llena de orines, de excremento. No los encontró. Solamente vio unas tiras de cuero roídas por las ratas que le habían hecho compañía durante los largos días de prisión.

Avanzó con lentitud hacia la puerta, no porque le temiera a la muerte, sino por la desilusión y el cansancio que le provocaban la vida. Sintió el jalón del carcelero en el brazo derecho y escuchó cómo se había rasgado la manga de la blusa. Le gritó que era un pendejo, que necesitaba su rebozo para cubrir la rasgadura, que se negaba a llegar al paredón con la ropa rota. El hombre le escupió en la cara, él no era ningún pendejo, a él no lo iban a fusilar.

Cuando llegó al paredón le vendaron los ojos, se rehusó, no le temía a las balas, ni a las miradas frías y distantes de los infantes que estaban parados detrás de sus rifles dispuestos disparar.

  • Mi general quiere saber quién eres, di tu nombre, mujer.
  • Eduviges López, soldadera del ejército zapatista y amante del General Ortega.

La respuesta evocó en Eduviges el día que fue raptada por el General Ortega. La nitidez con la que volvió a sentir la sangre que le bullía dentro de todo el cuerpo cuando sus miradas se cruzaron por primera vez le hizo sentir un poco de arrepentimiento. Vio la figura de aquel hombre viril parado en el umbral de la puerta del rancho exigiendo la entrega de marranos y gallinas para la causa. También volvió a escuchar la voz enérgica con la que le advirtió a Macario, el marido de Eduviges, que se llevaría a la mujer de trenzas negras. El orgullo que se siente al saberse objeto de pasión y deseo la invadió nuevamente y sonrió.

  • ¿Sabes quién es “La Lola”?, ¿sabes lo que le pasó a “La Lola”?
  • “La Lola” era una perra que se metió con el hombre equivocado. Una mujerzuela que nunca debió llevar la canana zapatista.
  • ¿Recuerdas para qué usaste este machete?
  • Claro que sí. ¡Para matar a esa hija de perra!

Se crisparon las manos de Eduviges como si quisieran revivir una y otra vez aquella noche de farra en la que tuvo que matar a su compañera de borrachera, a su amiga, a “La Lola”. Escuchó entre carcajadas de mezcal la terrible confesión. “La Lola” se había acostado con su hombre, pero no por eso la fogata dejó de crepitar ni las soldaderas pararon el baile y el canto que las acompañaba mientras esperaban en medio de la noche que sus hombres regresaran enardecidos del campo de batalla.

El odio la invadió. Conforme avanzaba la noche, los acordes de una guitarra plañidera, invitaron a Eduviges a tomar el machete y destrozar a “La Lola”. Uno, dos, tres golpes fueron suficientes para callar aquella traición.

  • ¡Eduviges López!, ¿aceptas haber asesinado al general Ortega?

Se mordió los labios deseando que fuera el general Ortega quien lo hiciera. Cerró los ojos para revivir las últimas caricias, para despertar en cada palmo de su piel la fiebre que se apoderaba de ella cuando él recorría su cuerpo con ansiedad, con intensidad, con deseo. Estrujándola, amasándola, besándola. ¡Mi puta! Dime que eres mi puta, que eres para mí, para mi uso personal. Escuchó las palabras del general y deseó por un instante no haber tomado el machete, y asestarle aquel golpe justo en el momento en el que él gritaba de placer, y antes de que le dijera que la amaba. Se quedó a su lado hasta que la sangre dejó de correr. Se levantó, miró el cuerpo sin vida y tomó lo que le pertenecía. La verga de aquel hombre ya no sería un problema para ella ni para ninguna mujer.

  • ¡A qué viene tanta pregunta! Yo maté a ese desgraciado, hijo de perra, todos lo saben. ¿Para qué tanta pregunta necia? Fusílenme de una vez por todas.

Con paso lento y arrastrando las espuelas se acercó un hombre que tan solo a unos pasos de distancia había dirigido el interrogatorio y al que mostraban respeto. Eduviges creyó reconocer aquellos pasos.

  • ¿Macario? ¿Macario, eres tú? ¡Sálvame! Diles que maté al general Ortega para apoyarlos a ustedes, a los villistas. Diles que yo los ayudé a destrozar a ese animal.

Macario tomó a Eduviges del mentón y la besó con tal fuerza y desesperación que sus labios sangraron. La jaló de la trenza negra y sedosa hasta que cayó de rodillas ante él.

  • Cómo te voy a salvar si no puedo olvidar cómo te brillaron los ojos el día que ese desgraciado te raptó. Te veías tan orgullosa de ir a galope sentada en el mismo caballo que él que me convertiste en el hazmerreir del rancho. No tuve más remedio que unirme al ejército villista para encontrarte, para matarte.

Macario se alejó con el mismo paso lento con el que se había acercado antes. Con la mirada dio la orden que terminaría con su deshonra. Estalló la descarga de los rifles, él no volteó, Eduviges era parte del pasado que dejaba atrás.

6 pensamientos en “La soldadera Eduviges por Patricia Arciniega

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