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Es una deliciosa tarde de primavera en París. Mientras camino por el Boulevard du Montparnasse, llego al café Le Select y me dispongo a entrar para tomar un café, acompañando una deliciosa rebanada de tarta de pera con almendras, uno de sus postres más pedidos.

Mientras espero que el mesero se acerque para pedir mi orden no puedo evitar observar a una mujer que se encuentra sentada en la mesa que se haya justo en frente de la mía. Es delgada, cabello oscuro. Hay en ella una especie de dulce dureza, mezclada con una elegancia natural. Tiene algo que me resulta familiar, como si ya la conociera.

¡Ya sé quien es! ¿Cómo es posible que no la reconociera desde el principio? Es nada más y nada menos, Coco, Coco Chanel.

Me levanto, camino los 4 pasos que me separan de ella y sin más, le hablo.

-Buenas tardes mademoiselle. ¿es usted Coco Chanel?

-Oui. Si me permite, estoy disfrutando de mi café, de la tranquilidad de la tarde y nada me gustaría más que seguir haciéndolo.

-Perdón, perdón. Claro. Disculpe. Pero es que la admiro tanto, que en cuanto la reconocí no pude evitar querer acercarme. Hay tantas cosas que quisiera preguntarle. Independientemente de que su estilo me parece el equilibrio perfecto entre la femineidad y la sobriedad, la elegancia discreta y sofisticada, la…

-Basta, basta. Está bien, estoy segura de que si no acepto contestar, por lo menos, una pegunta suya no dejará de mirarme y la tranquilidad por la que he venido aquí, habrá desaparecido. Cinco preguntas, sólo cinco y usted me permitirá seguir conmigo misma, en paz.

-¡Dios mío! Claro, gracias. Cinco preguntas… De acuerdo. La primera, durante la segunda guerra mundial, usted estuvo relacionada con un diplomático alemán y llegó a considerársele espía de los alemanes, ¿se arrepiente de esa relación?

-No. Y quiero aprovechar para aclarar; nunca fui espía de los alemanes y sí, entre Hans y yo hubo una relación, fuimos amantes. Hans era un hombre interesante. Quizá no era el más apuesto, pero tenía una conversación muy amena y lo más importante, era la única garantía que yo tenía para mantenerme a salvo y no perder el fruto de tantos años de trabajo. Comprenda que desde muy jovencita tuve que aprender a sobrevivir y en esa época ya era una mujer madura; me habría sido muy difícil volver a empezar de cero.

-Pasando a su especialidad, la moda, ¿Cuál es el mejor consejo que puede darme?

-Sin lugar a dudas, el mejor consejo que podría darle a cualquiera es el siguiente: Siempre, antes de salir de casa, mírese en el espejo, escoja uno de los accesorios que se haya puesto y quíteselo. Menos, es siempre más.

-¿Volvería a vivir su vida exactamente de la misma forma?

-No lo sé. Si me enfrentara a los mismos retos, en las mismas circunstancias, yo creo que sí. Después de todo, creo que no lo hice tan mal.

-Se dice que usted no sabe dibujar ni bocetar, si es cierto, ¿Cómo logra diseñar?

-Las ideas están en mi cabeza, y la ropa se arma en los maniquís. Todo lo ue tengo que hacer es colocar las telas en el maniquí, llamar a mis cortadoras y costureras, explicarles exactamente qué y cómo quiero las cosas y ellas, que son las expertas en eso, le dan forma a mis ideas.

-¿Es difícil seguir tan activa ahora que tiene artritis?

-No es sencillo. Puede llegar a ser un tanto doloroso. Pero no hay nada más insufrible que el aburrimiento y eso si podría matarme en pocos días. Por eso decidí reabrir mi taller.

-Muchas gracias. La dejo tranquila. Me ha hecho la mujer más feliz. Atesoraré este momento toda mi vida, créalo. Con permiso mademoiselle Chanel. Ha sido un placer.

-De nada. Pase. Buenas tardes. Adiós.

París, le Select, Coco Chanel… La mejor tarde de primavera de mi vida. Gracias París, gracias Coco.

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