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Era el 17 de junio de 1867. Miguel estaba recostado en la plancha de piedra sobre una colchoneta de escasos 3 centímetros. Por una ventanita asomaba un rayo de luz que iluminaba pálidamente la celda. Su mente se remontaba a los capítulos vividos durante los últimos años desde que, en 1863, decidió apoyar a ese personaje que, ahora, compartía su suerte en la celda de junto y en quien había visto al forjador de un cambio positivo para México o, al menos, un elemento de resistencia en contra de los abusos de Juárez (disfrazados de soberanía). Recordó también su innecesaria pero obligada partida a Alemania –cuando el emperador había decidido alejarlo con el pretexto de enriquecer su preparación en temas de estrategia militar. Habían compartido situaciones de gran magnitud y complejidad, ya que convertirse en la oposición del stablishment y poner en riesgo el proyecto de un personaje de la talla de Juárez, no era cosa de tomarse a la ligera. La vida estaba en juego y el día de hoy lo confirmaba. No sólo había sido derrotado después de que lo traicionara uno de sus compañeros más cercanos. No. Su derrota se consumó gracias a la repentina intervención de las fuerzas estadounidenses. ¿Cómo se había dado esta situación cuando aquel indígena arribista parecía totalmente acorralado y vencido en Veracruz? Dudas, muchas dudas. Aunque, también, varias explicaciones, y cierta información filtrada hasta él por los pocos que aún le habían sido fieles en la etapa final. El sonido de pasos cercanos lo hizo enderezarse.

–Alguien quiere hablar con usted, general.

— ¿Quién y para qué?

–Un periodista de la capital, el Sr. Jacobo López Ferriz

–Está bien, que pase.

–Tiene media hora- le indicó el guardia al periodista, quien, entre alegre y nervioso entró con un cuaderno de notas. Saludó al general, agradeció su disposición y, explicando la limitación de tiempo, se aprestó a iniciar la entrevista.

–Antes que nada, quiero manifestarle mi repudio hacia la acción que se ha tomado contra usted y contra el emperador, la cual contraviene los tratados internacionales respecto a prisioneros de guerra. Benito Juárez no actúa como estadista sino como vengador y verdugo.

–Lo sé. Esa es su naturaleza y lo que, en parte, explica el porqué de nuestra lucha.

–Permítame preguntarle, en primer lugar, ¿cuál era su lucha?

–Muy simple: evitar que la Iglesia Católica fuera despojada de sus bienes y, al mismo tiempo, impedir que la jerarquía eclesiástica rebasara sus facultades, tratando de extender su autoridad para convertirla en poder político.

–¿Y qué fue lo que causó el fracaso de su lucha?

–La ya añeja intención de los americanos de extender sus dominios hacia nuestro rico país, ambición que encontró tierra aún más fértil que nuestro territorio en los sueños y anhelos de poder de este personaje, Benito Juárez.

–¿Usted considera a Juárez un “vende patrias”?

–Desde luego, un individuo cuyos actos no correspondían a sus supuestos principios ni a la ética que debe seguir quien jura defender a su patria y a los principios del derecho. Salvar el pellejo fue siempre lo suyo, correr asustado por todo el país, sembrar discordia y buscar alianzas con el diablo mismo, si hubiese sido posible.

–Si usted hubiese sido quien tomara a Juárez prisionero, ¿lo habría fusilado?

–Desde luego que no. Aun en la guerra se debe respeto al oponente, en quien hay que ver sólo eso y no necesariamente un enemigo. Además, hay códigos que responden a un concepto que tal vez Juárez no conoce o, al menos, no respeta: el honor.

–Si le fuera ofrecida su libertad a cambio de su rendición y autoexilio, ¿la aceptaría?

–No. Un soldado sabe cual es su destino y éste sólo admite dos posibilidades: el triunfo o la muerte y, en el mejor de los casos, la prisión. Pero los principios no deben ser sacrificados. Yo juré defender a la Iglesia en aras de evitar luchas más profundas entre mis compatriotas y un juramento debe cumplirse.

–Y traer a un príncipe extranjero, ¿no fue un grave error?

–Yo no lo traje. Por el contrario, rechacé someter mi espada a los intereses de Napoleón III y sus aliados en España e Inglaterra, a pesar de que mi futuro económico me era garantizado y mi vida hubiese transcurrido feliz en París con mi adorada Conchita.

–Por último, ¿no le pesa que ella pudiera quedar viuda y sola?

Ella sabía el riesgo que ambos corríamos y así unimos nuestras vidas en matrimonio. Ella tiene un temple sólo comparable al de un General del Ejército Mexicano, lo cual siempre quise ser y, hasta hoy, estoy convencido de haber logrado íntegramente.

Al día siguiente el piquete de soldados liberales preguntaría a Maximiliano cuál era su última voluntad y éste manifestó: “Que en el centro de nosotros tres se coloque Miguel Miramón, el soldado más valiente que he conocido y un gran patriota”.

                  El sonido de la balas acabó con este capítulo de la historia y, desde luego, con la vida del llamado “joven Macabeo” (en memoria de otro heroico personaje citado en la Biblia) que a los 28 años ocupara la Presidencia de la República Mexicana y al que la historia ha tratado tan injustamente hasta ahora.

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