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Debo reconocer que seguir a B.B. King es toda una aventura. Este hombre es una máquina: Apenas es junio y ya lleva cerca de 100 conciertos alrededor de los Estados Unidos y algunos países de Europa. Se baja de un avión, y al día siguiente ya lo esperan en otro. Hoy es Chicago, mañana en St. Louis, y pasado mañana en Memphis. La próxima semana tiene una serie de presentaciones en Europa que lo llevarán a recorrer la Península Escandinava, Francia, Alemania, Inglaterra, Holanda y Bélgica. Su manager me cuenta que a veces es un problema con los visados en los aeropuertos, porque de tantos sellos que tiene su pasaporte, hay que cambiárselos por lo menos 3 veces al año. “Es un cliente frecuente de las embajadas y consulados de los Estados Unidos alrededor del mundo”, me dice mientras prepara toda la documentación para el Rey del Blues, sus músicos y el personal de staff que lo acompaña 300 días al año en sus constantes giras. “Nada mal para un octagenario…”, me dice entre risas.

Después de esperar por unos minutos, Riley Ben King llega al teatro en el centro de Memphis donde ofrecerá uno de sus esperados conciertos. Nos saludamos con un apretón de manos y me dice “Pasa, en un momento estoy contigo”. El camerino es amplio, lleno de flores, muchos de sus admiradores y lo necesario para tener cómodo a esta leyenda del blues. Mientras aguardo, su asistente me ofrece una bebida. “Café, está bien.” Y con una sonrisa, se aleja por unos momentos. Un técnico entra al camerino y coloca junto al sillón blanco del Rey un estuche lleno de etiquetas y sellos de aeropuertos. Y una leyenda en dorado en una de las tapas: Lucille.

“¡Por fin llegó!” dice mientras B.B. entra al camerino. “Ésta mujer si sabe hacer esperar a su hombre” dice mientras ríe de manera afable. Se sienta en su sillón, toma el estuche, lo abre y finalmente aparece esa guitarra negra con detalles en dorado (una Gibson ES-355 con la leyenda “Lucille” en el brazo) que lo ha acompañado en innumerables conciertos y discos. Y disparo la primera pregunta:

-¿Cómo fue que “Lucille” llegó a sus manos?

-Bueno…- me responde – Han pasado ya muchos años de relación… cerca del 49. No siempre fue tan bella como ahora, pero siempre fue fiel… Ha sido un largo viaje. La primera guitarra que tuve la compré por 25 dólares… y me tardé 3 meses en juntar todo ese dinero. Era mucho. Pero me aferré a ella como un ciego a su bastón. Recorrimos muchas estaciones de radio y teatros en ese entonces. Y casi la pierdo.

-¿Cómo fue eso?

-Estabamos tocando en Arkansas a mitad del invierno, y en el club en donde estábamos estaba haciendo mucho frío, así que para calentarlo, los dueños pusieron un tonel con madera y un combustible para prenderle fuego, ahí, en medio de la pista de baile. Y todo iba bien. Si podemos decir eso… y de repente, dos tipos comenzaron a pelear y tiraron el tonel. En cuestión de minutos, todo el lugar estaba envuelto en llamas y todos salimos del club. ¡Y recordé que mi guitarra seguía dentro! Así que me metí de nuevo al lugar y pude recuperarla. Fue algo sumamente estúpido. El lugar se caía en pedazos y yo entré por mi guitarra. Después pudimos saber que el motivo de la pelea fue por una chica que trabajaba en este lugar. Se llamaba Lucille. Y decidí llamar así a mi guitarra para recordarme no hacer algo así nunca más en mi vida.

-¡Increíble! Y desde entonces “Lucille” y usted han recorrido el mundo juntos… ¿A qué cree usted que se debe esta larga y prolífica carrera? Porque hay que ser honestos… Estamos hablando de muchos años de escenarios recorridos, y siempre ha estado en el gusto de la gente.

– Porque yo creo que la música busca mover emociones. Sentimientos. Alegría. Tristeza. Gozo. La música es eso. Incluso al tocar, uno mismo experimenta todas esas emociones. Y eso hace que le transmita a la gente mi felicidad. El blues tiene esa nobleza. Es un ritmo puro. Sincero. Honesto. Porque habla desde el fondo del corazón. Y no hay nada más sincero que eso. Poder hacer cantar y bailar a 10, 100, 1000, 10,000 personas en un teatro es algo que me llena de alegría, y eso se contagia.

-¿Qué es lo que le ha enseñado la vida?

-Esa es una pregunta difícil… porque mi vida ha sido difícil. Desde las plantaciones en Mississippi, la muerte de mi madre… básicamente he aprendido a ser feliz con lo que tengo y transmitirlo a la gente que ha estado conmigo todos estos años –suspira, de repente se pierde en un pensamiento mientras bebe de su te – Yo creo que tú tienes un alma, tú tienes un corazón, tú tienes el sentimiento de que tu música es vida. La vida que vivimos en el pasado, la vida que estamos viviendo hoy y la vida que creo que viviré mañana. Aprendí muchas cosas. Lo maravilloso de aprender es que nadie puede arrebatárnoslo.

Su manager entra al camerino. “Ya estamos listos, Sr. King”, dice. Tomo mis cosas, y le digo que le veré después del concierto. Me sonríe y me dice “Por supuesto. Espero que disfrutes del show.” Cuando salgo, me encamino al escenario, y me asomo por uno de los costados. El lugar está abarrotado. No cabe nadie. “80 años y este hombre llena cualquier lugar”, me digo a mí mismo. Y en medio de una procesión, llega el Rey, ataviado en su clásico smoking negro y cargando a su dama bajo el brazo. Se le ve ansioso. Me mira y me guiña un ojo. “Agarrate, muchacho, porque el viaje está por comenzar”, mientras esboza una gran sonrisa.

El anunciador lo presenta. El teatro estalla en aplausos y hace su entrada triunfal. Caminando despacio, se posa en el centro del escenario y hace una reverencia al público que se ha dado cita en el Orpheum Theatre de Memphis. 2,500 almas que vienen a rendirle pleitesía al Rey del Blues.

Y una tras otra, B.B. King va entonando las canciones que lo han mantenido vigente durante más de 50 años de carrera. Una tras otra, el público lo ovaciona. Y el, sentado en su silla, arrancándole acordes a “Lucille”, hacen estremecer este viejo teatro.

Después de casi 3 horas de concierto, B.B. King se despide de su público. Se levanta de su silla y hace una reverencia al público que no deja de aplaudirle. Cuando se dirige hacia el costado del escenario, lo veo exhausto, pero con una gran sonrisa en su rostro.

-¿Qué tal estuvo?

-¿Sabes que me hace más feliz en este mundo? Dame seis cuerdas y seré feliz. Eso, mi amigo, es felicidad pura.

 

 

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