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El Washington Square Park es su lugar favorito, enclavado en el barrio de Greenwich Village, al sur de Manhattan. Es el espacio que camina aquellas tardes cuando no hay compromiso alguno con su quehacer artístico y musical. Recorrerlo de punta a punta y observar a la gente y a cada uno de los elementos que lo conforman, como la fuente central y las zonas verdes que alberga, últimamente lo hace valorar más cada instante de vida.

Ahí, David Bowie, parado frente al marmóreo arco del triunfo dice: “Este parque, la gente, sus espacios… mi hogar en el Soho, Madison Square Garden, las calle, sus cafeterías… mis librerías favoritas, pronto quedarán atrás… El cáncer me ha sentenciado”.

Con esa expresión que recuerda a Ziggy Stardust, después de una breve pausa, continúa: “Aunque es difícil asimilarlo, pronto volveré al lugar de donde caí”.

Ese parque fue el sitio elegido por Bowie para conceder la única entrevista a un periódico y así poner fin a un silencio mediático de casi tres años, en la cual –sorpresivamente– da a conocer el padecimiento de cáncer en el hígado, contra el que viene luchando desde hace año y medio.

Pero dos condiciones puso para el encuentro, las cuales hizo llegar vía telefónica a través de Corinne Coco Schwab, su asistente personal –amiga y confidente, de acuerdo con gente cercana al músico–. La primera, que la charla no toque la privacidad de su entorno familiar, específicamente, en lo referente a su hija menor, Lexi; la otra que en ningún momento se haga alusión al término “camaleón”, porque es y ha sido todo, menos eso.

Ataviado con un abrigo largo de color negro, camisa y pantalones de vestir a tono, y en el cuello una bufanda con diseño pata de gallo, el músico nacido en el suburbio londinense de Brixton llegó, como era de esperarse, con puntualidad inglesa al Washington Square. De hecho, cinco minutos antes, acompañado únicamente de Coco.

Pero éste no fue el único escenario elegido, lo fueron también las calles –esas que lo han visto transitar desde inicios de los años noventa cuando se convirtió en un neoyorquino más–, que llevan al Caffè Reggio, ubicado en 119 MacDougal Street.

“El Washington Square Park ha vivido historias tan disímbolas como maravillosas entre sus aproximadamente cuatro hectáreas, desde 1871 cuando fue creado, hasta la fecha. Aquí vivieron esclavos negros en los tiempos de la Nueva Ámsterdam… Fue un cementerio público y aquí –suspira– convergen las energías de la Generación Beat, el folk y la contracultura hippie”.

Para el Major Tom esta etapa que vive, cualquier pequeño detalle, ya sea de su entorno familiar, de la gente, o de los ambientes de las ciudades de Nueva York, Londres y Berlín –a las que se escapa en cada oportunidad que tiene–, le despiertan los sentidos. A estas horas de su vida llora y ríe con mayor facilidad que antaño, y cada imagen la guarda para volcarla en su creación, sea en la música o en la pintura.

Black Star, su material número 25, a punto de ser lanzado –el mismo día en el que cumpla 69 años–, bajo la producción del gran Tony Visconti, es una especie de catarsis para Bowie. “No quiero ni sería apropiado adelantar mucho de lo que escuchará y verá el público, pero ahí entenderán pieza por pieza lo que ha sido este último viaje… es como una especie de catarsis. The Next Day me ha dado mucho, espero que Black Star sea como haber conquistado la luna”.

Sobre el tema de la muerte, se queda pensativo y hace un alto frente a La Lanterna di Vittorio.

“La muerte ha estado junto a mí desde siempre. Los excesos se burlaron de ella. Sí, muchas veces la libré, porque siempre hubo quien me arrebatara de sus brazos… Hoy no será así. Estoy consciente de eso así como de que la inmortalidad no existe, pero me aferro a la idea de que llegado el momento me iré al lugar de donde salté para caer en la Tierra…

“He tenido que acelerar el ritmo de lo que preparo. Ganar tiempo… ya me he visto tirado en una cama de hospital, con los ojos vendados y me rehuso a que así sea… Ojalá también pueda escaparme, para que me tome en cualquier otro lugar”.

Continúa y acelera el paso. Al entrar, a la cafetería, sonriente da por terminados los temas de Black Star y la enfermedad.

Se dirige al fondo del establecimiento, el barista y los meseros lo saludan con aprecio. Las puertas del lugar se cierran, es una concesión para uno de sus clientes favoritos, pero sobre todo, más querido.

–¿Qué es lo que más disfrutas de Caffè Reggio?

–El capuchino y el pastel de carne (Shepherd’s Pie), aunque claro, el mejor del mundo es el de mi esposa (Iman) –suelta una carcajada y agrega–, pero su competencia está en el David Bowie Cafe de Tokio… Lo cierto es que cualquiera de los cócteles que ahí sirven (Cat People, The Man Who Fell To Earth o China Girl) con el pastel son un hit.

–¿Cómo llegaste a Nueva York y cuándo descubriste este lugar?

–La primera vez que viene a Manhattan fue en 1972. Pero fue hasta 1992 cuando decidí quedarme a vivir… Desde entonces el Soho se convirtió en mi hogar. Ha sido mi centro y universo. En Nueva York he vivido tanto, también reído y llorado –hace una pausa–, los atentados del 9/11 me marcaron mucho, mucho… Pero, bueno, un personaje a quien aún admiro y quiero, me citó aquí para platicar sobre la posibilidad de trabajar juntos. En ese entonces yo ensayaba con los Spiders From Mars, para una gira, sí de Ziggy Stardust… y presioné y presioné al estudio para que lograra el acuerdo de trabajar con Lou Reed, con quien desde entonces me unió una gran y entrañable amistad… Hoy nos hace tanta falta… Laurie (Anderson) sabe bien de esto…

–Sobre David Bowie se ha escrito mucho, pero de todos es sabido que no eres afecto a las entrevistas. ¿Qué te provoca la idea de que alguien escriba una biografía sobre David Bowie y David Robert Jones –autorizada o no–? Porque recientemente se dio a conocer que la periodista Mary Finnigan está por publicar una…

–¡Wow! –tras la expresión se le escapa una carcajada nerviosa–. Mary me hizo llegar antes que a nadie la noticia de Psychedelic Suburbia, a lo cual no me opuse, pero no es algo con lo que me sienta cómodo. Sostuvimos una relación… Era y es una mujer brillante, atraída en ese entonces por historias sobre el mundo de las drogas, la contracultura… Sólo diré que la mayor parte de Hunky Dory lo escribí cuando vivíamos juntos. Luego las cosas cambiaron. Pero eso se descubrirá con la publicación del libro.

Tras una breve pausa, David Bowie –quien en todo momento ha sido cálido y sonriente– le da un sorbo a su capuchino. Coco se acerca para decir que el tiempo ha terminado.

David Robert Jones se despide con un “hasta pronto, ha sido una buena tarde de café”.

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