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Estoy a punto de implotar. La fiesta de ayer me dejó destruido pero parece que C no entiende. Se lo he tratado de decir de muchas formas pero sigue creyendo que somos unos adolescentes, que podemos tomar litros de lo que sea, dormir 3 horas y sobrevivir a cualquier día de la semana. No me malentiendan. Es un tipo ameno y conocemos personas interesantes o al menos divertidas, que hacen de cada noche un buen chiste para contar.

Llevamos años en la misma dinámica: bebidas varias, música fuerte y mucha fiesta. Los grandes momentos para recordar nunca faltan. Como las veces que terminábamos en aquel bar de arrabal escuchando salsa y cumbias rasposas. Llegábamos después de las 10 cuando la orquesta ya tocaba bellas melodías como “El negro José” o algo con sonidos tropicales sicodélicos y las parejas de jefe – secretaria o amantes maduros ya están refrescando sus gargantas del calor vaporoso que abriga el pintoresco lugar. Generalmente salíamos de este tipo de lugares casi al amanecer y a través de recuerdos fragmentados despertábamos en esa casona donde solíamos hacer planes que no llevaban a sitio alguno.

Después de aquellas fiestas de agotamiento y desgaste físico podíamos pasar días sin prender el viejo aparato de sonido para escuchar música, noticias o algo. Nada, sólo silencio. La televisión no era parte de nuestra rutina por una razón muy sencilla: no había tal en el sitio sucio y viejo que nos alojaba. Sólo silencio, algunos cuadernos y pocos libros interesantes. Sólo cuando se te prohíbe hacer algo te dan más ganas de hacerlo. Y no es que estuviera prohibido poner alguno de los cientos de discos viejos que había en aquellas cajas de plástico o hacer sonar el radio con sus canciones mediocres. Simplemente a C no le apetecía que algo sonara mientras buscaba entre su colección de plumas y libretas para ver si le salían algunas líneas mientras otras entraban sin obstáculos a la sangre. A veces, juntos, lográbamos resultados brutales pero listos para ser olvidados. Esas ideas no pasaban de aquellas páginas que se juntaban con tantas otras debajo del polvo.

Siempre obteníamos algo: una depresión física y emocional causada por tantos excesos y ausencias que nos provocábamos nosotros mismos. Éramos nuestro propio enemigo, no nos funcionaba pero, al final, era lo que buscábamos. Hasta que un día se nos pasó la mano y ni siquiera me di cuenta cómo fue. Recuerdo vagamente que estábamos haciendo de las nuestras cuando de pronto todo se empezó a volver más lento, luego más rápido, escenas perdidas y luego silencio. Gritos. Un silencio que cubría todo hasta que después de algún tiempo se convirtió en las voces conocidas que nos hablaban pidiendo que despertáramos. Era imposible. El daño estaba hecho y el cuerpo estaba en una pausa que parecía no tener fin. Yo soy el cerebro y sigo funcionando como un auto viejo que lo corrieron demasiado rápido sin darle servicio.

Ahora me he quedado varado. Como el capitán del barco sin tripulación que no se hunde pero tampoco encuentra tierra para conquistar o dar un paseo. Me quedo con los recuerdos y las cicatrices que siempre son marcas de que tuvimos una historia. No puedo hacer más pero al menos imagino que seguimos escuchando música, que conocemos lugares y gente que nos cuenta sus vidas y que la pasamos bien.

Los momentos quedaron atrás, nosotros nos quedamos en esta cama hasta poder regresar a la vida o fundirnos con la totalidad de la oscuridad. Buenas noches, C. No hicimos lo que pudimos pero sí lo que quisimos.

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