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A mi amiga:

Hace como 40 años que no nos veíamos. Creo que ambos abrigábamos grandes expectativas sobre nuestro inminente encuentro. Pocas veces la vida presenta situaciones tan ricas, tan llenas de cuestionamientos, especialmente cuando crees que ya has vivido lo suficiente como para que nada te sorprenda; sin embargo, siempre abrigamos, en el fondo, el deseo de incorporar a nuestras vidas algo que les dé nueva fuerza, más sabor, una especie de renacimiento.

Bajo esas circunstancias, llegó, finalmente, el día y la hora de dirigirme al aeropuerto. Varias comunicaciones por correo, vía telefónica por Skype y hasta por teléfono tradicional habían precedido la fecha. Pero faltaba experimentar el contacto real, el uno a uno, y saber cómo nos había afectado el paso del tiempo.

El encuentro fue interesante. Se coronaba un esfuerzo previo de alineación y de búsqueda. De una búsqueda hasta forzada por acomodar la realidad a los deseos. Pero algo ya no ajustaba.

Los días subsecuentes fueron trayendo diferentes regalos. Cuán importante es la intención para que la vista y el cerebro enfoquen su percepción. Todo parece mejor que lo que tienes: el paisaje, el clima, las calles, las personas. Tienes una necesidad surgida de alguna parte por resultar amable, agradable, aceptado.

Y así, hasta que algo sucede. Un día despiertas y el maravilloso paisaje te parece un poco árido. El refrescante clima te resulta frío. La sencillez de las personas te parece insulsa, aburrida. Tienes ganas de regresar, de poner la máquina en reversa, de que te devuelvan las entradas.

No obstante, has dicho cosas que excedían tu intención, has creado expectativas más allá de lo que estás dispuesto a cumplir, has sobre adjetivado y provocado visiones estimulantes, interesantes, deseables.

En medio de todo esto tu mente se transporta hacia los tuyos, hacia ti mismo y te obliga a cuestionarte como nunca antes. Te presenta con claridad las alternativas que ahora tienes con sus ventajas y sus costos. Te pone una clásica balanza para que coloques en cada platillo las dos alternativas: te quedas o te regresas.

Parece fácil pero en realidad la balanza ahora sólo te presenta diferentes volúmenes de costos y tu elección, que lógicamente será la del menor costo, va ligada, también, a la de asestar un duro golpe a quien quieres, porque no siempre lo que deseas lo puedes tener sin daños colaterales, como en la guerra.

Así, llegó el día de actuar y expresar una decisión. El día de acabar con una ilusión y hacer daño infligiéndolo, también, a mí mismo. Es difícil entender estas cosas, pero también de ellas se nutre la vida.

La pregunta es, no obstante, ¿volveré a intentarlo?

 

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