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No me vas a creer si empiezo por decirte que no sé si te quiero, por todo lo que me enseñaste, o te odio con tal fuerza, por todo lo que me lastimaste. No sé cómo debo empezar esta carta, no sé si quiero revivir todos los momentos que, siendo muy sincero, siguen presentes de manera tan clara como ese 8 de mayo en el que algunos errores casi me cuestan la vida.

Recuerdo claramente la sensación de triunfo, de éxito en la vida por el nombramiento, el aumento, las situaciones personales que se presentaban y me hacían crecer. Recuerdo celebrar, divertirme, ‘ligar’ con una mujer a la que no volví a ver, reír, reír mucho y sin preocupaciones. ¡Carajo! Sentía que el mundo me pertenecía, era completamente mío y nadie ni nada se atravesaría en mi camino.

Pero ahí estabas tú, con la sorpresa, con los golpes, con tu inmunda naturaleza, con esa despiadada falta de educación, de valores, con tu cobardía, con patadas, gritos, miedo y una ridícula sensación de poder que sólo tu naturaleza humana podría considerar poderosa… y ¿sabes algo? Al final no me pasó nada serio, nada grave. Y tú, y los que estaban contigo, no tenían alternativa en la vida. ¿Cómo habrán muerto? No me importa, porque no fueron más que una mínima desviación en el camino que me había trazado.

Hoy, los detalles ya no son dolorosos, ni siquiera son importantes. Lo único que me sigue doliendo y encabronando, fue el dolor en los rostros de la gente que me quiere, pero eso insisto que tú nunca lo vas a entender, porque seguramente a ti, a ustedes, nadie los quiere, no tenían nadie que se preocupara por ustedes. Seguramente nadie los lloró cuando no llegaron a casa un día por estar empezando a pudrirse en una fosa clandestina. O al menos eso creo que pudo ser tu destino, porque una acción es el destino de tu vida.

Sí, me golpearon muy fuerte, consideraron que me habían matado. Pero sólo me rompieron una costilla. Sí, golpearon mi tranquilidad y la de mi familia, pero al final ahí mismo encontré la fuerza para sanar y fortalecerme. Sí, no hice nada más, porque sé que la vida tarde o temprano cobraría – a lo mejor cobre – tus cobardes golpes de la manera en la que más te iba a doler. Sí, hoy lo escribo desde un gran lugar en el que puedo, con tranquilidad, reír, disfrutar y sentirme seguro.

Hoy sólo me queda agradecerte, y agradecerles a los demás que estuvieron contigo, que hoy tenga lo que tengo, que hoy valore mejor lo que tengo, que aprecie lo que he construido y que, si bien las dos cicatrices en la cara son el resultado de esa despiadada madriza con la que casi me matan, esas mismas me dieron un toque de interesante. Hoy, ya casi no se ven, prácticamente ya no duelen.

¿Y tú? ¿Qué aprendiste antes de dirigirte a tu fatal destino que, seguramente, terminó dejándote con los ojos abiertos, inexpresivos, como alimento de gusanos, de cuervos, de animales de rapiña? ¿Aprendiste?

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