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El silencio en el cuarto era abrumador. Por los últimos 40 minutos habían reinado explosiones, gritos, acusaciones, culpas, y ahora, por fin, el silencio tomaba su lugar como resultado del veneno.

¿Qué había sucedido? Francamente ya no importaba. A final de cuentas, nunca es sólo una cosa.

Las lágrimas, lentas y silenciosas, corrían por sus mejillas rojas. Tantos gritos habían atraído el pigmento a su blanco rostro.

“¿Y ahora? ¿Qué hacemos?” preguntó con su voz ronca y rota
“No lo sé.” Respondió mientras encendía un cigarrillo entre sus temblorosos dedos, y sus uñas rojas.
“Te amo” exclamó, a sabiendas de lo amargas que le sabían sus palabras
“¿Y?”
El silencio volvió a reinar, mientras el cuarto se llenaba lentamente del humo de su cigarro. Las 4 paredes que en su momento habían prometido sueños y magia, se mostraban rotas y marchitas como la rosa del buró.

Su mano, grande y áspera tomó la suya, pequeña y suave. Sin ruido, sin animosidad, los dos mantuvieron el intercambio, mientras las lágrimas seguían rodando, y el cigarro llegaba a su fin.
Pronto, el sueño, rey de todas las grandes batallas, los abordó.

Cuando el primer atisbo de luz se asomó por las cortinas, su cuerpo rodó hacia su lugar, solo para encontrarlo vacío. Sobre su buró, avistó esa carta esperando:
“ Antes de que salgas a buscarme, que sepas que es el amor que te tuve es el que me permite marcharme hoy.
Por favor, no me busques, no hay nada que encontrar.
Permite que el tiempo te cuide.”

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