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Basta. Estoy cansado. ¿Qué puedo decir yo cuando hay miles más con el triple de años en una situación como ésta? Habrá quienes me juzguen por una decisión arrebatada, pero sólo uno sabe su propia historia.

Cuando eres pequeño te repiten incesantemente que “de grande” debes ser un triunfador, y para ello propios y extraños añaden especificaciones que consideran necesarias para serlo: profesión como abogado, médico o director de algo en prestigiosa firma internacional, casa con auto a la puerta, combo pareja-hijos-mascotas, vacaciones regulares en sitios de revista, fiestas y salidas semanales…

Te pintan, de una u otra forma, una vida que según ellos, te dará satisfacciones. Te preparan para ella y te machacan en la cabeza que eso es la felicidad hasta que sin darte cuenta, te olvidaste de ser bombero, cuidar animales o salvar al mundo vestido con capa y traje ajustado.

Lo que no te dicen es el precio de esa vida. Un precio que en este país es lo suficientemente alto como para tener que pagarse o con decisiones y acciones que no te dejarán la conciencia tranquila, o con tanto trabajo duro que difícilmente te permitirá disfrutar de la casa, el auto, el combo pareja-hijos-mascotas en el día a día y convertirá tus vacaciones en un sueño anhelado que a veces podría no llegar.

Hay quienes corren con mejor suerte y pueden disfrutarlo sin pagar costos tan altos; son la minoría. Una minoría cuya realidad no me pertenece.

¿Y si la vida exitosa fuera diferente? Quizá recitando poemas a paseantes del parque. Quizá paseando perros en tanto encuentran un hogar. Quizá arando el campo para cultivar tomates y lechugas para tu familia. Aún no estoy seguro de la forma que tiene la felicidad.

Quizá. Quizá y seguramente ninguna de esas opciones te den una cuenta regordeta en un banco para pagar lujos y experiencias que presumir entre quienes te conocen y aún quienes no tienen idea de quién eres, pero quizá sí basten para ir a la cama cada noche con la tranquilidad de saber que has hecho lo que te place y que podrás despertar sin prisas la mañana siguiente. Que podrás morir cualquier día sin la preocupación de haber hecho “algo” en la vida, porque te ocupaste de vivir la tuya y no la que alguien imaginó para ti.

Basta. El éxito no es lo que nos dicen que debemos ser; es ser quienes queremos ser, donde hemos de ser. Esa es mi nueva misión.

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