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Es extraño, porque incluso antes de que te hicieras presente, yo ya te había imaginado muchas veces. Ante hechos muy cercanos, las posibilidades eran elevadas. Me recuerdo varias noches pensando en escenarios what if con los ojos abiertos y sintiendo un hueco en el estómago ante todos ellos. Ahora creo que muchas veces la mente es tan poderosa, que nos hace ver cosas con anticipación, pero como no estamos acostumbrados a descifrar los mensajes, preferimos cerrar los ojos.

Era viernes y tú ya estabas acechando mientras yo no imaginaba que había llegado ese momento que tantas veces había pasado por mi mente. Te presentaste en todo tu esplendor de madrugada, nadie sabe la hora exacta, pero en cuestión de minutos te adueñaste de todas las zonas más importantes de mi cabeza más querida y ya no te detuviste; seguiste un rumbo impreciso pero certero. He escuchado tantas historias que te involucran, ante tus evidentes características y en todos los casos, te considero el autoboicot más claro, el más contundente. El propio capitán abandonando el barco, hundiéndolo.

Horas después, tu misión había sido cumplida.

Una mezcla de tiempo y destino hicieron que gracias a ti jamás volviera a ver un crucigrama resuelto en el sillón de la sala; que nadie más viera un programa de Cristina Pacheco y contara los detalles; nunca más esas caricias; nunca más esa risa; nunca más ese caminar lento y acompasado. Gracias a ti, hubo muchos “nunca más”.

Por motivos desconocidos, tu paso no fue letal. Muchas secuelas motrices, pocas secuelas en la conciencia. La vida que conocimos vs. la vida que hubo que conocer, reconocer y revalorar.

No te la llevaste de tajo, te la llevaste de a poco desde el primer segundo y no sé si agradecerte o maldecirte para siempre por ello. Quizá sólo te perdono por haberme regalado más tiempo, pero por lo demás, puedes irte a chingar a tu madre.

Habría querido que fueras otro y no tú, quizá ese que viene y no permite despertar, que te arranca de una, sin piedad alguna.

Habría querido que no fueras tan poderoso, que hubiera sido como aquella primera vez que apareciste y que hubieras quedado en un simple susto.

Habría querido que tardaras mucho más, en realidad habría querido con todo el corazón que nunca hubieras encontrado el camino de regreso.

Y en cuanto a ella, habría querido tenerla para siempre, como se quiere tener todo aquello que en verdad es valioso.

** Carta al derrame cerebral de mi abuela.

3 pensamientos en “** por Verónica Gonsenheim

  1. La culpa fue mi almohada largas noches. Tiempo después un hombre de edad similar a la de Santita cayó en estado semejante, fue llevado ipso facto en ambulancia desde el restaurante donde lo visitó el derrame. Vivió y convivió con sus limitaciones por más de 3 años, sufrió lo que la enfermedad exige, murió hará cosa de 6 semanas. Coincidía con ese momento que empecé a forrar mi almohada de tela natural; la culpa se ha ido paso a pasito, a ella no la dejaré ir nunca y, aunque suene ambiguo y contradictorio, ya la solté, pues me llevó tiempo saber lo que era evidente: en eso también Santita puede ir sola, su fuerza unida a su amor la hacen independiente a lazos innecesarios para continuar, ahora en esa otra ruta que, algún día, nos tocará recorrer solos y otros habrán de soltarnos, sin dejarnos, sin olvido.

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