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El murmullo de dos hombres en el pasillo iba en aumento y con ello mi preocupación y desconcierto. Toda clase de pensamientos inquietantes sacudían mi mente y por momentos la desesperación amenazaba con apoderarse de mí. 

Tratando de serenarme, me incorporé de la cama y estaba a punto de salir a buscarles cuando aquéllos dos hombres irrumpieron en mi cuarto y uno de ellos me pidió, de una forma un tanto cuanto autoritaria, que volviese a mi cama y les escuchara; tenían algo muy importante que comunicarme.

Con  recelo y un temor que invadía mi cuerpo y mente, obedecí más por necesidad que por gusto.

Una vez que me recosté, el hombre mayor extendió lo que parecía una carta y nuevamente con ese tono impositivo que usara segundos antes, me pidió leerla.

Conforme mis ojos avanzaban en aquéllas líneas, las lágrimas y el  miedo me provocaron voltear a ver a los dos hombres y volví a ser presa de una nueva orden:

-¡Continúa leyendo! dijo el hombre mayor.

Como un pequeño niño que no entiende qué sucede, pero precisa de saberlo, regresé a mi lectura y sólo pude balbucear:

-¿Tengo…?

La mirada suplicante del segundo hombre, hizo que yo continuara leyendo.

Al concluir la carta, y con un gran desconcierto, me incorporé de la cama y pregunté al hombre mayor:

-¿Tengo o no cáncer?

Con lo poco que recuerdo, aquél hombre con un aire victorioso, me explicó que todo era una equivocación, que un lamentable error había sido cometido y que yo no padecía cáncer.

La alegría y agradecimiento a Dios, hicieron que las lágrimas rodaran por mis mejillas, pero el enojo hizo, por fin, su aparición. No podía  entender cómo en sólo sesenta segundos, aquél doctor había permitido que pasaran por mi mente toda clase de deducciones sobre una enfermedad inexistente, el cuestionar el futuro de mi vida, el de mis hijos y mi esposo a partir de esa noticia, haciéndome leer un diagnóstico equivocado, para luego, rectificar que no había tal.

Han pasado 28 años de ese acontecimiento y aún me cuestiono como un doctor puede, en el afán de protagonismo, permitir a su paciente pasar por un infierno y luego llevarlo de vuelta al cielo, bastante maltrecho, por cierto, sin necesidad alguna.

Lo que realmente y de gran valor me dejó aquélla insensata y terrible experiencia, es el gran deseo de vivir, de disfrutar siempre al máximo lo que la vida me va presentando. Fue como si me hubiesen regalado una segunda oportunidad de retomar la vida, compartirla y experimentarla, sin temor, con decisión y lo mejor…con una gran alegría.

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