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-“¿Estás seguro, Juanín?”

-“Si, Manolo… es peligroso, pero alguien debe hacerlo”.

-“Pero… ¿no será peor?”

-“Mira mano, si tienes miedo, córtate pero ahorita mismo, antes de que se ponga peor la cosa”.

Manolo volteo a ver a Juanin con cara de “no quiero irme y no quiero seguirle”. Pero Juanín no cambió su actitud: esta mirada y ese reto le vinieron guangos. Él iba a seguir adelante, a pesar de todo.

Juanín empezó a acelerar el paso. A pesar de que estaba oscuro, confiaba en saber en dónde pisaba. Manolo, quien había empezado a alejarse en sentido contrario, pero muy despacito, le gritó:

-“No quieras hacerte el héroe tu solo. Yo te apoyo, somos equipo… Pero aquí te espero”.

Juanín ni siquiera acusó recibo. Empezaba a preguntarse si su interés por seguir adelante era mera necedad, pero luego se acordó por qué hacía lo que hacía. Con paso más firme y decidio, siguió caminando. Solo el podría recuperar ese tesoro.

Lo malo del invierno es que desde muy temprano oscurece: a final de cuentas, ni siquiera habían dado las seis y media de la tarde, pero ya parecía noche cerrada. Juanín empezó a hechar de menos haber llevado una linterna… aunque sea, un celular que le diera luz. Manolo ya estaba perdido en las sombras, pese a que no se había movido.

Juanin siguió avanzando hasta que encontró en ese pasillo la puerta que buscaba.

-“Aquí debe estar”, se dijo. Con cuidado, mucho cuidado, trató de abrir el picaporte. Procuró que no rechinara. Y si, tan pronto la puerta cedió, vio allí el pequeño tesoro que estaba buscando.

Apenas lo tomó con ambas manos, cuándo escuchó un grito en voz de Manolo:

-“¡¡La Momia Devora Rodillas, allí viene la Momia Devora Rodillas!¡Noooo…!”

Juanín se erizó de la espalda: sabía que ya había encontrado lo que venía a buscar, pero también estaba seguro que la única salida que conocía perfectamente era por la que había entrado. ¿Se atrevería a buscar otra opción, prefería esconderse? ¿O se arriesgaría a encarar a la Momia Devora Rodillas y esperar correr con suerte y huir?

Pero tardó demasiado. En la parálisis por el análisis, Juanín ni se movio hasta que la puerta se abrió y una mano huesuda encendió la luz.

Miss Terios, la prefecta de la primaria y responsable del medio interno vio a Juanín, con su balón en las manos.

-“Así que era Usted quien trató de engañarme y robarme el balón que le fue confiscado por jugar fuera del área designada…” le dijo en esa voz cascada y lenta que caracterizaba a Miss Terios. “Perfecto, como esta vez lo he atrapado con las manos en la masa, su castigo será hincarse por una hora, con los brazos extendidos en cruz, sosteniendo en una mano su amado balón y en la otra los libros y cuadernos de la tarea que debería estar haciendo ahora mismo. ¡Una hora hincado, me ha oido!”

A un costado de Miss Terios, prendido de una oreja, estaba Manolo: “Y a Usted, por faltarme al respeto, le tocará hincarse con los brazos en cruz por dos horas o hasta que le sangren las rodillas. Y… ¡cuidado con que los vuelva a cachar en otra travesura”!

Hincados en el rudo piso de cemento con la grava sobresaliendo del fondo, las rodillas de Juanin y Manolo empezaron a sangrar, como si en efecto, Miss Terios, con su aspecto de momia y su actitud de villana, se las estuviera devorando felizmente…

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