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A través del camino venía jadeante, sudoroso y salpicado de la sangre enemiga. Quizás no había salido tan bien librado, pero no pasaba de dos o tres rozones de espada. Erick, un vikingo joven que se distinguía por ser uno de los más bravos guerreros de la tribu se dirigía con paso tambaleante hacia la aldea. Traía el ceño fruncido de preocupación, pues el jefe Niels no aparecía por ningún lado.

– ¿No lo encontraron? – preguntó al resto de sus compañeros cuando los alcanzó.

-No, ni rastro – respondió uno de ellos – ni entre los vivos ni entre los muertos.

A Erick eso le pareció muy raro. El jefe era bravo entre los bravos, hombre valiente que nunca huía de una pelea y comandante ejemplar que luchaba hombro a hombro con sus guerreros.

– Quizás esté en la aldea, como en las otras ocasiones – dijo con enfado uno de ellos.

-No lo sé, Rurik – le contestó – el jefe no nos abandonaría.

– Erick, sabes que no es la primera vez.

-Pero…

– Y que la pelea de hoy fue una escaramuza, como las otras veces – insistió otro.

– Jens, amigo – respondió vacilante Erick – …no lo sé…el jefe Niels nunca ha abandonado una batalla.

– Así es, amigo, pero esto no fue una batalla, fue una escaramuza.

– Una muy sospechosa escaramuza – intervino Rurik.

-Como las otras escaramuzas – terció Jens

– Pues en cuanto volvamos a la aldea lo averiguaremos – resolvió Erick, y guardó silencio.

Era verdad que el jefe había desaparecido en esas ocasiones y que algo molestaba a sus amigos por esta situación. Erick decidió olvidarse de todo, ya cuando llegaran averiguarían la verdad. De hecho, si el jefe estaba rehuyendo las peleas sería tiempo de hablar con él, y de ser necesario, tendría que dejar el puesto y abandonar la aldea.

Su mente se trasladó a su hogar, donde Valeska, su bella mujer, lo estaría esperando ansiosa. La imaginó en la cama, cubierta sólo por las sábanas y…

Habían llegado a la aldea. Erick corrió a su choza, importándole un pepino la suerte del jefe Niels, sólo quería estar al lado de Valeska, ya habría tiempo para investigar el paradero del jefe. Sus amigos, al verle correr le siguieron, pensando que quizás habría visto al jefe, tumbado por ahí, malherido. Lo cierto es que ninguno de ellos quería llegar a su casa con sus vikingas esposas.

Al llegar a la puerta de su choza se paró en seco. Encima de ella se encontraba el casco, con todo y cuernos, del jefe Niels, señal que ponían las esposas cuando el jefe de la tribu las visitaba.

– ¿Qué…no…ehr? – balbuceó Erick, presa de una tremenda ira.

– Te han puesto los cuernos, amigo – intervino Rurik.

– Como a nosotros tres, las otras veces en que hubo escaramuzas – continuó Jens

-Vámonos a la taberna, no hay nada que hacer – sugirió Rurik.

-Pero… Valeska…no es capaz – dijo atónito Erick.

– Pero el jefe sí, y conoces las reglas. Antes da gracias que nuestras mujeres idearon esta forma de avisarnos lo que estaba pasando en el interior, que si llegas a entrar, el jefe te mataría – explicó Jens.

Los cuatro bebieron hasta bien entrada la noche.

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