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Para cuando me contaron esta historia habían pasado ya suficientes generaciones como para que cualquiera que pudiera confirmarla ya estuviera hecho huesos, así que tuve que contentarme con créela y seguirla contando a mis hijos con la esperanza de que un día, decidan seguir la tradición y hagan perdurar la leyenda de Ongar, el troll muerdenarices que asedió a tantas familias.

Corría el año de 1795 cuando John Bellfrock, un joven panadero del pequeño pueblo de Kroneuft al norte de Noruega había desposado a la hija de un campesino famoso por sus calabazas casi perfectas y de un tamaño tal que requerían dos hombres para ser levantadas.

Bellfrock era un hombre pálido y lánguido pero de manos fuertes con las que amasaba y horneaba peculiares piezas de pan cada mañana y tarde para agasajo de la gente del pueblo que disfrutaba verlo trabajar.  En las fiestas, Bell, como le apodaban, se esmeraba con intrincados diseños de rejillas y mosaicos que rociaba con semillas para hacerlos aún más apetitosos.

Ana, su esposa de piel blanca como la nieve, tenía las mejillas rosadas y una nariz larga y afilada como espina que iba bien con su cuerpo delgado como una rama, casi sin pechos.  Estaba encinta desde hacía apenas un par de meses pero ya lucía tan grande como cualquiera de las calabazas de su padre. “Viene de familia”, había dicho su abuela, de quien se decía había dado a luz a quintillizos de 8 libras cada uno y no parecía sorprendida por el tamaño del vientre de su nieta.

Una noche, Ana soñó que se asfixiaba.  Iba caminando en el bosque buscando a su futuro hijo cuando de pronto una bruma espesa cubrió sus pies y poco a poco fue inundando el bosque hasta llegar a sus ojos, obligándola a respirar con su boca y de pronto despertó.  El sudor frío cubría su frente. Instintivamente colocó su mano sobre el vientre y sintió el movimiento de su bebé hasta que cayó dormida de nuevo.

Bell salió de madrugada dejando a Ana dormida.  Le dio un beso en la cabeza y como cada día, se alistó para preparar el pan que estaría en las mesas de todo el pueblo.

Más tarde, Ana despertó calmada y sintiéndose más pesada que nunca.  Quiso bostezar pero le faltaba el aire y ello la obligaba a respirar por la boca.  Se miró al espejo y encontró en su reflejo una terrible sorpresa: En el lugar donde debía estar su nariz había una mancha negra con la piel anudada hacia el interior.  Era como un ombligo a mitad de la cara, inservible para respirar y tan grande como su nariz.  Corrió donde su abuela en medio de jadeos y dolores de parturienta, incapaz de pedir ayuda por la falta de aire en sus pulmones.

Cuando finalmente llegó a casa de su abuela se tumbó en una poltrona mientras ella la examinaba con atención.  Ana era ya tan grande como una calabaza y su nariz había desaparecido, pero además, sus ojos se habían tornado obscuros y una enorme mancha negra los rodeaba.

“Esto es obra de Ongar” – dijo la abuela. “Ese malcriado ha vuelto a las andadas y te confundió con una de las calabazas de tu padre, pero sé cómo resolver este problema.”

Años atrás, mucho antes de que Ana naciera, su familia había perdido centenas de calabazas por culpa de Ongar, un troll que habitaba en lo profundo del bosque y se divertía vagando por los sembradíos para mordisquear el centro de las calabazas y así dejar que los ratones e insectos comieran su interior sin que nadie lo notara.

La abuela de Ana fue a la estufa para preparar una infusión. “Este granuja te ha confundido con una de las calabazas de tu padre.  Debe ser muy idiota y estar viejo para no haberse dado cuenta que eras tú, pero vamos a arreglarlo”, dijo mientras colocaba un perol al fuego y lo llenaba con agua.

Ana esperó en la poltrona hasta ver que su abuela regresaba con un pocillo.  Extendió sus manos para tomar la infusión y para su sorpresa el contenido era un brebaje espeso como la brea y maloliente como la orina de un zorrillo.  En él, podía ver pedazos de maíz, hojas secas y lo que creyó que se trataba de un pico de tordo. “Bébetelo todo. Entre más rápido menos quedará en tu garganta”, le dijo, mientras volvía a la cocina como si perder la nariz fuera algo de cualquier día. Estaba exhausta y cayó en un profundo sueño.

Más tarde, Ana despertó en su cama. Bell la miraba desde la puerta con una sonrisa que dejaba ver sus dientes amarillentos. “Dormiste como la Bella durmiente, amor.  Temo que no puedo decir lo mismo del resto del pueblo.”, le dijo, mientras le extendía un pocillo con una infusión de hierbas frescas.  Ana se tocó la cara.  Pidió un espejo y se miró, incrédula: su nariz estaba ahí, como siempre lo había estado. “Pero, mi nariz, y, y… Mi abuela. Y ese brebaje espantoso…”, dijo desconcertada por lo que había sucedido.

“¿Tu nariz? ¿Qué pasa con tu nariz?  Es idéntica a la de tu abuela, lástima que ella fuera como un oso.  Roncaste toda la noche y despertaste a todos los vecinos, pero estabas tan cansada que no respondiste ni al balde de agua que te echaron encima para despertarte. Ojalá hubiera un hada que pudiera cambiar eso, o alguien que al menos te hiciera roncar menos, seguro todos lo agradeceríamos”, le dijo Bell, riendo.

La abuela de Ana había muerto poco después de haberle anunciado su embarazo, pero por curioso que parezca, desde esa noche, Ana no volvió a roncar jamás.

De sus hijos, se dice que dio a luz a cuatro bebés regordetes y de piel color arce: dos niños y dos niñas, cada uno de 9 libras  que pronto crecieron hasta parecer calabazas tiernas.

Y del Ongar jamás se supo, pero de vez en vez, las calabazas de los sembradíos aparecían cortadas con formas de caras malévolas de las que entraban y salían ratones y ciempiés.

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