Home

Estoy finalmente parada en la cima del mundo. Al menos, es así como me siento. He sido elegida por los dioses, en realidad por uno, el más importante: Quetzalcóatl.

Se ha aparecido en sueños a mi padre, le ha dicho que estoy lista para acompañarlo en la búsqueda de la unión de los pueblos. Mi padre ha hablado con los sacerdotes y ellos lo han confirmado. Soy la elegida. Mi preparación empezó hace cinco años, me prepararon en nuestra historia y en la de los pueblos que son tanto nuestros aliados como nuestros enemigos. La danza ha sido fundamental en mi educación así como el arte de la negociación. Durante mi preparación he tenido acercamiento a personas muy interesantes como comerciantes, guerreros, constructores y, obviamente, sacerdotes.

Hoy empieza el verano, la época de cosecha. No sólo el alimento se cosecha, también las almas.

Estoy en lo más alto del templo de mi dios. La pirámide que representa mi tierra y mi cielo, mi más allá. La que tiene la imagen de Quetzalcóatl y Cipacli, el día y la noche, el bien y el mal.

Frente a mí veo una pirámide más pequeña, alineada con la gran diosa que nos deleita con su brillante presencia en las noches que Tlaloc descansa.  Y debajo todo es bullicio, el gran mercado central donde se comercia todo tipo de mercancía: sal, comino, maíz, chile; animales como gallinas, conejos, xoloitzcuintles y otros animales para los sacrificios menores y para alimentar a las  grandes familias de la ciudadela, también hay arcos, lanzas y flechas de nuestra preciosa obsidiana. La piedra sagrada ha ayudado a protegernos.

El sol llega en su punto más alto, el calor es abrasador. En el mismo instante el ambiente se inunda de silencio y expectativa. Poco a poco, uno a uno, los habitantes y visitantes ahí reunidos vuelven su cabeza hacia mí.

Los tambores empiezan a sonar, aunque el silencio es más fuerte, la tensión aumenta con el ritmo de los golpes en la piel seca de ciervos. Volteo a mi derecha lentamente y voy descubriendo la calzada de los muertos, donde la aglomeración continúa. La gente esperando mi caminar, el caminar de su princesa.

Bajo el primer escalón y una exclamación contenida inunda el aire. Bajo el siguiente, empiezo el descenso por en medio de las escaleras, pero poco a poco me voy hacia mi derecha hasta poder tocar con mi mano las piedras que representan a mi dios Quetzalcóatl. Me detengo en cada una de ellas agradeciéndole el haberme elegido.

Terminan las escaleras y al poner un pie en el suelo de piedra, siento recorrer dentro de mí una gran energía, se me erizan los poros de la piel. Rodeo la pequeña luna de la pirámide que empiezo a dejar detrás. La rodeo, paso a paso, mirando al frente.

Acelero un poco el paso y subo a la plataforma principal del mercado, donde normalmente se ofrecen animales a los dioses, ahora están solitarias cuatro figuras femeninas que, al acercarme, cubren mi cuerpo desnudo con una túnica de plumas multicolores, un cinturón de oro y unas sandalias de piel de jaguar.

Una vez vestida y coronada como la princesa de Quetzalcóatl, el ruido empieza. Los tambores son acompañados ahora por los caracoles y las flautas, así como el sonar de los huesos, las palmas y las voces de los asistentes.

Los nervios no se van de mi cuerpo, pero sonrío mientras bajo de la gran plataforma y empiezo mi camino para salir del gran templo, para entrar a las cuatro plazas que denotan las cuatro estaciones de la luna.

Los dioses se han reunido para ver mi paso hacia ellos. Es de día y aun así vemos la luna. Se ve completa, esto implica que me debo detener en la última estación y alzar una oración en donde le pida su guía y consejo, ella como reina de los cielos y esposa del sol me sabrá aconsejar.

Llego a la calzada de los muertos. A sus costados están las viviendas de las familias sobresalientes de la ciudad. Las mujeres en las escaleras han extendido lienzos de piel y escrito con tinta roja oraciones hacia los dioses y consejos hacia mí para el viaje que estoy por emprender.

La calzada ha sido desalojada y una valla de guerreros les impide el paso a las personas que me ven pasar. La calzada es solo mía. El calor sigue siendo sofocante, una pequeña nube se asoma, pero ninguna más.

A mi derecha la gran pirámide, construida por mis ancestros con la ayuda de los dioses (y sus descendientes) que nos legaron sabiduría arquitectónica y cosmológica. Esta es la ciudad donde los dioses han nacido, -y donde seguimos naciendo –me digo entre dientes con una ligera sonrisa.

Sigo caminando hasta llegar a la altura del templo de Quetzalpapálotl, ahí los sacerdotes están preparando el fin de la ceremonia que se llevará a cabo en la plataforma frente a la pirámide que ahora miro de frente, majestuosa compañera de viaje de la gran pirámide. Compañera de viaje del sol.

Entro al templo a recibir un cuchillo de obsidiana, cuya empuñadora representa a la serpiente emplumada; un cuenco de barro lleno de aceite para ser ungida.  Nuevamente estoy desnuda, no puedo presentarme ante un dios vestida con ropas de esta tierra, debo llegar a su mundo de la misma forma en que llegue a éste.

Subo por las escaleras de la pirámide, no es un ascenso fácil después de la larga caminata que ya he realizado bajo el sol. Sin embargo no puedo mostrar mi cansancio. Quetzalcóatl no elegiría a alguien débil. ¡Yo no soy débil!

En el primer descanso de la pirámide me esperan otros sacerdotes. Ahí se realizará la primera parte del ritual. Hay una cama de piedra, sobre ella una manta blanca. Me coloco detrás de la cama, alzo mi rostro para ver la gran escena delante de mí: Teotihuacan, la gente, el cielo, el bosque, los dioses, todos esperando por mí. Hago una reverencia y nuevamente el silencio se apodera de la ciudad.

Me recuesto sobre la manta. El sacerdote principal toma ahora el lugar en el que estaba antes de acostarme. Mi respiración se hace más lenta. Me educaron para controlar la ansiedad de ese momento. El sacerdote toma el aceite, lo eleva y ofrece a los dioses. Deja caer un poco sobre mi pecho y mi abdomen. Lo esparce con sus manos. Un hormigueo se extiende por esa zona hasta solo sentir la presión de sus manos, pero no el tacto de las mismas.

Me da a beber un líquido espeso, nunca lo había probado. Me relaja y empiezo a sentir, a sentir como nunca había sentido. Oigo todo lo que hay a mi alrededor, no a las personas, pero si a la naturaleza; veo la luz misma, huelo los olores, escucho los sonidos y el silencio. Siento los sabores en el viento. Veo mi pasado y mi futuro.

Veo al sacerdote clavar el cuchillo de obsidiana en mi pecho.

Lo veo rasgar mi piel y lo que hay debajo de ella. No siento dolor…

Lo veo sacar mi corazón. No siento dolor…

Veo como un guerrero alza mi cuerpo en sus brazos, desciende la pirámide y me lleva a la plataforma donde otra cama, ahora cubierta con plumas de quetzal, me espera. Ahí me deposita.  No siento dolor…

Regresa el júbilo a la ciudadela. Esa imagen se va desvaneciendo y la va remplazando una gran luz, una gran paz. Estoy un poco desconcertada cuando lo siento. Siento que me envuelve. Que sus plumas rozan mi piel.

Me transformo y vuelo junto a él.

Ha prometido regresar, yo con él volveré.

Está destinado a no morir, yo en el olvido quedaré.

Quizá algún día alguien me recuerde, quizá algún día alguien hable de Ixchel.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s