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“No, la vida no se trata de encaminarse, o de dejarse llevar. Se trata de buscar cómo darle la vuelta a una tarea que no puedes evitar y que por lo tanto te bloquea, te aprisiona y no te deja avanzar”.

Esa fue la primera lección que La Bruja me dio, un tanto a regañadientes, pero con la paciencia del ser sabio que tiene muy claro está sembrando una semilla en ¿su aprendiz? ¿un escucha casual? ¿el periodista que ha derramado ríos de tinta para no entender nada?… ¡en mí, pues!

La Bruja no era sólo un conjunto de sabidurías adquiridas con los muchos años recorriendo la tierra, encontrando conocimiento en las villas más elevadas de la cordillera de los Himalaya, o en las más pobres e insignificantes aldeas de pescadores en las playas del caribe; bajo los incontables memorándum que se apilaban en el escritorio de la secretaria del director de la importante empresa ubicada en el piso 58 de un frío edificio en Nueva York, o entre las grasosa piezas de un motor desvencijado de un taller clandestino de autos en la colonia Buenos Aires, de la ciudad de México.

No, La Bruja debía su conocimiento a un proceso muy parecido al vampirismo. La Bruja debía su conocimiento a su insana costumbre: ¡morder carne!

“Lo importante no es desgarrarla, ni comerla, ¡mucho menos lastimarla!, es simplemente morderla con la fuerza que te permitirá adquirir un poco de lo que ha guardado en ella, gracias al ser que está siendo mordido, así pues, un salmón te cuenta un poco de los ríos, de la capacidad de migrar de agua dulce a salada y de regreso”.

Una vez La Bruja mordió la carne de un pequeño bebé. No tenía ni 24 horas de haber nacido, pero las experiencias que le transmitió fueron muy fuertes, tanto que se enfermó. Aprendió la vida de la madre… la inocente ignorancia de la vida que estaba gestando, el maravilloso orgasmo al embarazarse, el dolor de la indiferencia, de los comentarios mal intencionados, de la hipocresía que percibió. El amor incondicional de otras personas, las voces, el flotar tranquilo… La Bruja recordó.

“Cuando comes la carne, no la muerdes. La desgarras, deformas, faltas al respeto, pierde sus propiedades, la asesinas. Es por eso que los carnívoros no aprenden nada de todo lo que están comiendo (y probablemente eso sea lo mejor)”, aseguró La Bruja mientras me mordía en el brazo. No hubo dolor, la sensación fue casi como de una pequeña descarga eléctrica, como la de las pilas de 9 voltios que te ponías en la lengua. No sé qué tanto pudo aprender en ese acto casi erótico, pero la expresión era de satisfacción.

“Los integrantes del mundo vegetal”, soltó La Bruja de repente, interrumpiendo o quizá adivinando mis pensamientos, “transmiten historias difíciles de entender, son historias demasiado antiguas, hablan de lombrices, semillas, lluvia, sol, escarabajos. Pero son estáticas, o mejor dicho, demasiado lentas”.

Después de esto, La Bruja entró en un profundo silencio, su piel perdió un poco el brillo, sus movimientos fueron lentos, casi imperceptibles, su respiración dio paso a algo como un gruñido. Permanecimos así un tiempo considerable, o probablemente un breve momento. Abrió los ojos justo para atrapar un insecto volador que pasaba cerca de ella. Lo acercó a su boca, llena de dientes achatados pero brillantes, muy blancos. Mordió su carne y regresó al trance que en otra ocasión había presenciado mientras mordía mi brazo. Pero esta mordida fue muy breve.

Cuando liberó al insecto volador, volvió a cerrar los ojos…

Salí de ahí lleno de dudas, pero con la certeza de que desde ahora, todo sería una experimentación nueva. La gran lección que La Bruja Muerde Carne me dejó fue reconocer el aprendizaje. Oye…

¿qué es eso en tu cuello?

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