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Como siempre, cada mes, espero la llegada de mi querida amiga de la prepa, Marisa. Cuánto implica reunirnos, pero procuramos no fallar. Tomando unos sorbos de mi jugo, levanto la vista y allí está, la avispada ojiazul Marisa. Nos saludamos a lo lejos y se aproxima rápidamente a nuestra mesa favorita, un rincón tranquilo en donde podemos platicar, vociferar, llorar  y reírnos plácida y libremente.

Una vez ordenado un suculento desayuno, nos disponemos a ponernos al día en las últimas noticias del mes. Pareciera que no hubiera pasado el tiempo y sólo retomáramos nuestra plática. Sin embargo, en esta ocasión, Marisa tenía un brillo especial en los ojos, algo la emocionaba y se notaba su prisa por contármelo.

-Oye, oye ¿Qué te pasa? Te noto distinta.

Pensativa, me mira y no se decide a contestarme pero finalmente, aproximándose tímidamente hacia mí, y hablando casi en secreto me dice, aplaudiendo como una pequeña niña:

-¡Me voy a hacer la liposucción y operarme los ojos!

-¿Qué? ¡Estás de atar! ¡No inventes! – Respondí con sorpresa y con lo primero que me salió de las narices.

-¡Sí! Ya lo pensé y ¡no me convencerás de lo contrario! Me dijo sentándose de un golpe.

-¡Por Dios! ¡Si hace sólo unos meses platicábamos de lo absurdo y arriesgado de una operación de ésa naturaleza! ¿Qué te hizo cambiar de opinión?

Marisa permaneció callada y sólo me miraba fijamente.

-¡Ya mujer, escupe lo que traes dentro!  Le dije.

Atropelladamente, Marisa me narró la cena en casa de su cuñada y cómo Alonso, su esposo, había mirado a una hermosa y joven mujer.

-Qué novedad, si ya sabemos que el compadrito es ojo alegre…pero de allí nunca ha pasado ¡Te adora!

-Pues sí, pero ahora no me sentó muy bien su arrebato y me opero…

-Está bien, si quieres pasar por la experiencia de la anestesia, los dolores de la lipo, estar vendada como momia un buen de tiempo y con los ojos de un lindo color violáceo, allá tú…

Imposible hacer desistir a mi querida amiga, así que no me quedó otra, que apoyarla.

Era un día lluvioso cuando Marisa ingresó al hospital. La cara descompuesta de Alonso ante su sorpresa e indignación por el arrebato de mi comadre, se percibía en el ambiente pero como yo, no tuvo otra opción más que apoyarla.

Los camilleros llegaron finalmente y acomodaron a Marisa en la camilla. Alonso besó en la frente a su mujer y se encaminaron hacia la puerta del cuarto. Sorpresivamente, mi amiga tomó mi mano y me dijo:

-¿Aquí estarás cuando despierte verdad? Enojona y mi más querida amiga.

Con una sonrisa la despedí y la camilla se perdió de vista ingresando  al quirófano.

Habían transcurrido un poco más de las dos horas que el médico había mencionado tardaría y la puerta del quirófano se abrió dejando ver al doctor, quien quitándose el cubre bocas, se dirigió a Alonso:

-Sr. Mendieta, lo lamento mucho, pero Marisa sufrió un paro respiratorio durante la intervención y logramos reanimarla, pero desafortunadamente cayó en estado de coma y aún no podemos precisar la gravedad de su estado. En verdad lo siento, estamos haciendo todo para saber si hay lesiones neurológicas.

Alonso tembloroso e incrédulo, se dejó caer dolorosamente en el sillón de la sala de espera, como si hubiera recibido una descarga en todo el cuerpo. Me aproxime a él, también desconcertada y sin saber qué hacer y me limité a abrazarlo y así, juntos, lloramos los dos.

Permanecimos allí, nerviosos y tratando de asimilar tan dolorosa noticia y abrigando la esperanza de recibir un diagnóstico alentador. Después de unas horas y con muchas pruebas realizadas a Marisa, nos fue comunicado que médicamente la consideraban con muerte cerebral. La noticia acabó con todas nuestras esperanzas.

Pasaron algunos días y no me separé de mi querida amiga, con la ilusión de ver sus ojos abrirse y de cumplir mi promesa de estar a su lado cuando despertara, con la esperanza de que los médicos se hubieran equivocado, o de que Dios realizara un milagro, pero nada de eso sucedió. Alonso fiel a la promesa que él y Marisa, años atrás se hubieran hecho, pidió al médico no perpetuar su agonía y dejarla ir de forma natural. Tristemente, su organismo tan dañado, dejó pronto de luchar y Marisa se fue…

Respetando el espacio de Alonso, me retiré, despidiéndome de mi querida amiga entre lágrimas y un triste silencio.

Me dirigí a la salida del hospital, la puerta de cristal se abrió y salí. Un fuerte impulso me hizo voltear y al cerrarse la puerta, pude ver mi figura llenita e instintivamente toqué los pequeños surcos alrededor de mis ojos y me encaminé al estacionamiento, en donde el cielo empezaba nuevamente a llorar y mi corazón también…

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