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Cuentan los que saben, que hace muchos, muchos años, en la casa ubicada en el número 48 de la calle Cienfuegos, habitaba una bruja.

Los vecinos, que la conocían bien desde hacía muchos años, no le temían y algunos, incluso, la estimaban.

Había ayudado a más de uno en diferentes ocasiones y por diferentes situaciones.

A la señora Pérez, del número 50, su vecina de una de las casas contiguas a la suya, le había preparado una pócima maravillosa para acabar de una vez por todas con una plaga de hierba mala que tenía en su muy bien cuidado jardín.

Al señor carnicero le regaló un amuleto, hecho por ella misma con conjuros muy poderosos, que impedía que los perros callejeros entraran a intentar robarse los deliciosos trozos de carne que vendía. De esta forma él podía, tranquilamente, guardar parte de la carne que no había vendido el día anterior para repartirla entre los canes que se acercaban a su carnicería.

Sin importar que su aspecto pudiera provocar mucho miedo porque era larga y flaca como una vela de manteca, tenía una enorme verruga en la barbilla, una nariz chata y rosada como de borrachito y al vestir usaba colores tan fuertes y chillantes, combinados de forma tan extravagante que cualquiera hubiera pensado que estaba loca de atar, toda la gente la quería.

Siempre tenía una sonrisa dibujada en la cara, saludaba a todo el que encontraba en su camino sin importar si los conocía o no, en su bolsa nunca faltaban diferentes tipos de alimentos para dar a los animales que llegaba a encontrarse cuando salía a pasear al parque de la colonia.

Y también llevaba, en su bolsa, algunas golosinas y varias frutas para los niños que iban al parque y con los que pasaba momentos encantadores.

Les contaba cuentos, que en realidad eran historias verdaderas que ella, que tenía 250 años, había atestiguado a lo largo de su vida y en los muy diferentes lugares en los que había vivido.

También jugaba con ellos a las escondidas, a “lo que hace la mano hace la tras”, les cronometraba los tiempos cuando entre ellos competían corriendo, andando en bicicleta o patinando.

No había forma de no quererla, era dulce, alegre, solidaria, divertida y muy sabia.

Esta increíble bruja tenía un don muy especial, que era el que más apreciaban quienes lo conocían y habían tenido la oportunidad de disfrutar de él.

La bruja podía curar a los niños. Si, así es. Cuando los niños amanecían con los cuellos gordos y adoloridos por las canijas paperas, ella iba a sus casas y los curaba. Cuando los mocos no los dejaban respirar y los estornudos no los dejaban dormir, los curaba. Si la panza no deja de hacer ruidos extraños y dolía horriblemente, ella llegaba para acabar con ese martirio. Y así con cada una de las enfermedades que atacaban en algún momento a los niños de la colonia.

En cuanto un niño se enfermaba ella recibía, sin falta, una llamada y presurosa se dirigía a la casa del enfermo.

Había un ritual muy especial que todos conocían y seguían al pie de la letra, no porque ella pudiera molestarse si no se realizaba, no, sino porque era necesario que se llevara a cabo para que la curación pudiera realizarse.

En cuanto llegaba tenían que darle un vaso con agua de limón muy azucarada, para endulzarle el paladar, una vez que se acababa el agua le daban una toallita, que debía estar recién planchada para que en el momento en que ella la tomaba con sus manos todavía estuviera tibiecita para darle calorcito a sus manos, que generalmente tenía frías y en seguida se dirigía a donde se encontrara el enfermito. Ya que lo tenía frente a ella, le quitaba los calcetines, tomaba sus piecitos entre sus manos y como si fueran la paleta de caramelo más deliciosa que pudiera existir, se los llevaba a la boca y no dejaba de lamerlos hasta que el niño se curaba por completo.

Así que por eso todos la llamaban la bruja lame dedos.

Nadie sabía su nombre, ni les importaba conocerlo. Y a ella la tenía completamente sin cuidado cómo la llamaran. Finalmente, era cierto. Era una bruja y lamía dedos.

Un día, la bruja desapareció. Nadie supo a dónde había ido, a qué hora, ni si lo había hecho sola o alguien había llegado por ella. Los vecinos, sus hijos, los perros callejeros, las aves que cantaban todas las mañanas en su ventana, las ardillas, gatos y todos los animales que habitaban en el parque, todos, absolutamente todos los que la conocían lloraron durante meses la desaparición de la bruja lame dedos. Hasta que poco a poco fueron haciéndose a la idea y a manera de homenaje a esa singular persona, empezaron a turnarse algunas de las tareas que ella llegaba a realizar diario y que no requerían de poderes mágicos, como llevar alimento a los diferentes animalitos de la calle y el parque, contar cuentos a los niños y jugar con ellos o acompañarlos durante sus juegos y algunas otras.

Y al crecer y convertirse en papás, esos niños siguieron el ejemplo que sus mayores, a su vez, tomaron de la bruja.

Eso cuentan los que saben. Y deben saber mucho y bien esta historia, porque en esa colonia, hasta estas fechas, se sigue viviendo en armonía y el único cambio importante que hubo fue que los niños, para curarse, deben ir al médico, como los niños de todo el mundo.

 

 

 

 

 

 

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