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Siempre me ha parecido especial el intercambio de emociones que ocurre al hacer el amor. Cada beso, cada caricia habla de lo que son las otras personas, pero sobre todo de lo que es uno mismo. En ese ir y venir de la piel se involucra la capacidad de dar y recibir. Nunca había vivido una experiencia poco memorable, hasta… y aquí viene lo bueno, hasta que me enredé entre las sábanas de la cama de Raúl.

Definitivamente fue una experiencia fuera de lo común. El episodio fue tan impactante que lo titulé Receta para estudiar la maestría y titularse con honores. Gracias a este formidable encuentro o, mejor dicho, desencuentro dejé de, ya no digamos hacer el amor, sino de acostarme con cualquier hombre por seductor que pareciera durante un lapso de dos años aproximadamente, tiempo suficiente para estudiar una maestría sin distractores masculinos. La receta es muy sencilla, se requieren: dos frases estúpidas, poca experiencia sexual, un par de manos torpes, besos salivosos, pero sobre todo una mente invadida por prejuicios pendejos.

Lo primero que tiene que hacer es buscar un hombre maduro que tenga labios carnosos, y mucha saliva. Si es posible sondee los hábitos amorosos que tiene y ha practicado. Si le dice frases como: “El sexo no es tan importante o he tenido a los sumo 4 parejas sexuales en el lapso de 45 años o nunca he visto un dildo” seguramente está ante el sujeto adecuado. Recuerde que el objetivo es estudiar una maestría. Una vez localizado el sujeto coquetee con él para que antes o después se dé el encuentro.

Una vez concertada la “cita” que la arrojará a las sábanas de tan singular sujeto lleve uno que otro juguete sexual. No son indispensables, pero sí muy útiles. Pueden sacar los comentarios más asombrosos. También lleve un bra con buenos broches o un liguero que implique mayor habilidad manual.

Ya en el lugar de la acción sienta como sus labios carnosos tratan de abarcar todo lo que esté a su alcance, y cómo la saliva hace acto de presencia en exceso. Después deje que las manos del sujeto intenten desprender los broches del bra y del liguero, si es preciso ármase de paciencia si tiene que esperar más de cinco minutos para que el sujeto logre quitar esto pequeños sellos. ¡No le ayude!

En la desnudez absoluta sienta cómo sus manos torpes estrujan sus pechos y no se atreven a bajar a la entrepierna. En ese intercambio de caricias que se da intente tocar su pene y escuche con asombro y decepción cómo él le pide que no le toque ahí porque trae gérmenes en las manos. Si trajo el juguete sexual o algún tipo de gel erótico pregúntele si desea que lo usen, observe con vergüenza que él le dice que no sabe qué hacer con dichos objetos, que jamás los había visto en su vida, que mejor lo hagan a la antigüita.

Permita que el hombre la penetre y después de un rato pregúntele si no se va a venir. ¡Ponga atención a su respuesta! Él seguramente le dirá la frase que terminará por desilusionarla. “No me voy a venir porque estoy guardando toda esta energía”

Evite a toda costa preguntarse para qué demonios guardará la energía. Solamente deje que las palabras la invadan y hagan el efecto esperado.

Vístase lo más pronto que pueda. Salga lo antes posible de aquel lugar. Y al día siguiente busque en lnternet la maestría que había querido estudiar desde hace años y sus relaciones amorosas no se lo habían permitido.

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