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– ¡Carajo, Paris! Te la mamaste – dijo un joven guerrero de aspecto noble, mientras entraba a la habitación.

– ¡Oh, Héctor, amado hermano! Hijo de Príamo y Hécuba, reyes de Troya, te digo, y pongo a todos los dioses por testigos, incluso al todopoderoso Zeus, que soy incapaz de tal proeza. Quizás Heracles, cuyo poder y fuerza se comparaba a la del dios Ares, y por ello fue llamado al Olimpo, quizás él sí fuera capaz, pero yo ¡oh pobre mortal, no!

– Olvídalo Paris, es sólo una frase que será usada dentro de  muchos siglos en un lugar del que aún no sabemos su existencia.

-¡Oh…! – dijo Paris, y antes de que pudiera continuar, Héctor lo interrumpió.

– ¿En qué diablos estabas pensando cuando le robaste la esposa a Menelao?

– La bella Helena fue el regalo que la diosa Afrodita, la más hermosa de cuantas habitan en el Olimpo, me otorgó a mí, un vano mortal, por haber exaltado su belleza…

– ¡Paris, basta! – gritó Héctor- sabes cómo odio cuando hablas como si fueras personaje de Homero. Además ¿qué no sabes que no debes de meterte en los asuntos de los dioses? ¡Son caprichosos y juegan con nuestra vida!

– Estás equivocado y hablas sin razón. El destino ya está marcado, y es cuestión del sagrado Oráculo, servidor del gran dios Apolo… ¡Bueno, sí, me equivoqué! – aceptó Paris al ver la cara de su hermano-  Pero no me podrás negar que está muy guapa.

– Hermosa como diosa, sin ofender a la gran diosa Afrodita y a… – Héctor no aguantó y soltó una carcajada- No, a mi nada más no se me da hablar así. Pero bueno, volviendo al tema…por más hermosa que sea, no debiste haberla raptado.

– Pues rapto, lo que se dice rapto, no fue. Ella vino conmigo de muy buena voluntad, y por lo que veo, no está a disgusto con ello.

– ¡Porque Afrodita le ha nublado la razón! – exclamó desesperado Héctor.

– Como sea. Además, lo hecho, hecho está y no hay vuelta para atrás.

– En eso tienes razón, pero algo hay que hacer. Después de todo Menelao no está manco…sin olvidar que cuenta con el apoyo de los demás reyes griegos, entre ellos Aquiles, el invencible y Ulises, quien destaca por su astucia.

– ¿Yyy? – preguntó Paris con su famosa frase, que siglos después sería inmortalizada por la cantante Lucero – yo tengo a Héctor, el más valiente y bravo de los troyanos.

– Gracias, hermano. Pero Zeus sabe que no será fácil y quizás, no lo quieran así los dioses, los troyanos conozcamos la derrota.

Y dándose la media vuelta, salió del salón.

– A veces quisiera que fuera más sensato – dijo Héctor murmurando entre dientes- aunque otras…bueno, quisiera que me dejara intimar con Helena…¡qué buena está la condenada!

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