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Después del desayuno, le gustaba caminar por el camellón de Paseo de la Reforma, sobretodo cuando Marie Jose preparaba esos almuerzos, tan vastos como sabrosos, especialmente los que ella misma bautizó como “chilaquiles criollos”, que acompañaban con un par de tazas de café, de ese que le traía de Chiapas su amigo Carlos. Normalmente ella hacía con él los paseos, pero esa mañana se sentía cansada y Octavio bajó del departamento solo.

En muchas ocasiones, Marie José y él se habían cruzado con una señora joven que caminaba con su hija pequeña, se daban mutuamente los buenos días y entrelazaban sonrisas. Ese día estaba muy soleado, caluroso, así que Octavio se sentó un momento en la gran banca de piedra gris para descansar un momento mientras observaba a las personas. Unos minutos después, la señora y la niña caminaron enfrente y al verlo, se acercaron a saludarlo y aprovecharon para sentarse.

Aunque ella sabía quien era él, se presentaron, la niña –que aprovechaba la banca para jugar-  se llamaba Lucía y su mamá Elena, justo como se llamaba la primera esposa de Octavio. A él le causó algo de gracia la coincidencia, pues además del nombre, el color de su pelo e incluso el tono de sus ojos eran muy parecidos –casi idénticos- al de su antigua pareja; se lo dijo y ella rió entre divertida y sorprendida. Unos minutos después, se despidieron.

Unos días después volvieron a coincidir en la banca, esta vez Marie José está con ellos. La plática se alarga y los Paz las invitan a comer a su apartamento; juntos los cuatro, caminan hasta Río Guadalquivir, Lucía, de la mano de Octavio. La escena para el que no conociera a la pareja o a Elena y a la niña, podría haberse titulado “Tres Generaciones por Reforma”, y efectivamente, lo que se veía es justamente lo que eran.

Apenas Lucía terminó de comer, comenzó a jugar; incorporó a sus juegos los libros que encontraba por todos lados y a ratos, alguno le llamaba la atención y se entretenía hojeándolo, mirando las ilustraciones –apenas comenzaba a leer-. Todos lo notaron y Octavio se fue a sentar con ella; le platicaba algunas ilustraciones y le leía algunos pasajes. Así se les fue la tarde.

Y así se les fueron muchas tardes. Los cuatro disfrutaban la plática y la lectura, pero especialmente gozaban ver a Lucía crecer, tanto como ella se regocijaba en los libros que encontraba infinitos de muchas formas. Cada libro le daba mil y un posibilidades y además, siempre parecía que se multiplicaban sin cesar, habían nuevos y los que ya estaban desde antes, cobraban vida de alguna otra manera. Y la lectura…

La lectura que en un principio hacía Octavio para Lucía y que con el tiempo, se convirtió en una actividad compartida, los trasladaba a lugares insospechados. La prosa los llevaba a mundos pasados, presentes o futuros con personajes, con historia y con historias, reales e imaginarios. La poesía los hacía acudir a los sentimientos, al espíritu de las cosas y las personas, a la expresión del ánimo más allá del tiempo, al llanto, a la risa y al sudor del alma.

Cuando al padre de  Lucía lo promovieron, se mudaron de ciudad y de país y las caminatas, así como las tardes de los cuatro se interrumpieron. Por varios años cruzaron cartas en las que platicaban principalmente, claro, de libros. Nunca más pudieron reunirse de nuevo pues el cáncer que aquejaba a Octavio terminó por subyugar su cuerpo, aunque nada pudo contra el fascinante recuerdo de los viajes que desde el apartamento hicieron juntos Lucía y él.

 

 

 

 

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