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Digamos que en algún momento de mi vida tuve que trabajar en un asilo de ancianos. Ahí conocí a muchas personas de diversas edades (todas avanzadas) las cuales, a falta de compañía familiar, se refugiaban entre ellos y en sus recuerdos. Doña Encarnación, Don Pablo, Don Juanito, Doña Sara son solo algunos nombre que puedo recordar, no porque hubiera pocos ancianos… ¡Que va! Si no porque la memoria al igual que a ellos me ha empezado a fallar.

No faltaba el viejito cascarrabias, la viejita que añorara sus años mozos, la pareja de novios eternos… en ocasiones eran divertidos, en otras eran muy solemnes, las pocas estaban tristes cuando algún compañero se les adelantaba. Es inevitable dejar de sentir algo por ellos… y como en todo relato de novelas o cuentos, no faltaba aquel viejito retraído, tímido rayando en lo hosco el cual tenía muy pocos amigos. A ese viejito se le conocía como don Doroteo, la verdad no sabía mucho acerca de don Doroteo, y la mayoría de sus compañeros parecían molestos con él. Un buen día supe que unos de sus hijos iba a ir por el pues lo iban a mudar a otro asilo, por lo que por la tarde me dirigí a su cuarto para ayudarlo a hacer sus maletas. Cuando entré a su habitación él ya estaba preparado, sentado muy quieto y viendo hacia el patio a través de la ventana, muy majo y muy correcto. Su traje tan viejo como el hacía perfecta mancuerna con su actitud marcial.

– Buenos días don Doroteo- saludé.
-Buenos días joven – para mi sorpresa respondió de forma amable.
-¿Ya está listo para el gran día? – conteste rápidamente entre sorprendido y divertido.

Yo esperaba que me respondiera algún gruñido y me mirase con una mezcla de aburrimiento y desdén como era su costumbre. Sin embargo y para asombro mío me miraba con unos ojos muy vivos. No sé cómo lo mire pues el sonrío por un momento y con un movimiento de su mano me invito a que me sentara enfrente de él.

Duramos varios minutos sin hablar hasta que don Doroteo, suspirando me dijo:
-Hijo, ya estoy viejo… me queda poca vida y no me gustaría morir sin antes confesar lo que sé. Estas palabras me dejaron sin aliento. Don Doroteo continuó.

– Imagino que sabes bien quien fue Doroteo Arango… mejor conocido como Pancho Villa. Pues bien aunque no lo creas yo soy su medio hermano… los libros de historia no lo dicen pues no tienen conocimiento de mi existencia, pero te digo la verdad, yo soy medio hermano de Doroteo.

-Perdone usted don Doroteo, pero se me hace muy difícil de creer lo que me está diciendo.

Una risa burlona dio paso a su siguiente comentario: – Ya sabía que ibas a decir esto, pero permíteme comentarte un par de detalles. Diciendo esto pase las siguientes dos horas escuchando fascinado a este viejito. Conforme iba pasando el tiempo me convencía cada vez mas de su confesión pues los hechos que me contaba concordaban a la perfección con lo que se puede leer

en los libros: cada detalle de su personalidad, cada movimiento militar, la forma en como “invadió” estados unidos, el número de zapato que calzaba, lo que platicó con Emiliano Zapata el día en que se tomaron la histórica foto en la silla presidencial, e inclusive el color de los botones del traje que llevaba el día en que fue asesinado, todo, pero absolutamente todo coincidía a la perfección. Y como si fuera poco, don Doroteo me dijo algo que me dejó helado:

– ¿Tu sabes porque mi medio hermano adoptó el nombre de Pancho Villa? – ¡Ay don Doroteo todo mundo lo sabe!

Su risa socarrona me incomodó: -¡Ay hijo! No todo lo que escriben en los libros es cierto. Se dice que fue por un asunto de faldas… pero todo es mentira. Yo soy el único que se la verdad del porqué del nombre… ¿quieres saber?…

La mirada de Howard Carter cuando descubrió la tumba de Tutankamón no se puede equiparar, pero ni de broma, con mi mirada en esos momento. Estaba ante el santo grial de la historia de México; Un descendiente vivo directo de Pancho Villa estaba justo enfrente de mí. Iba a ser el poseedor de la verdadera razón de porque Doroteo Arango cambió su nombre a Pancho Villa.

– Ven – dijo- acércate para que lo escuches bien.

Como un niño que se le ofrece el más delicioso de los helados me acerqué.

– Doroteo, mi medio hermano, adoptó el nombre de Pancho Villa porque….

De repente la puerta se abrió intempestivamente, una persona alta y fornida se apareció, seguido de otras dos personas, tan altas y fornidas como el primero.

– ¡Hola buenos días! Vengo por mi papá- diciendo esto, aquel troglodita tomo del brazo a don Doroteo, lo levanto con brusquedad y antes de que yo pudiese hacer algo se dirigieron a la puerta. Sus acompañantes tomaron sus maletas y apenas diciendo un “hasta luego” salieron tan rápido como llegaron… y ahí me tienen… sentado como un idiota sin saber qué hacer. Después de un rato me levante como un sonámbulo, salí del cuarto y cuando pasé por el comedor los demás viejitos me vieron; uno de ellos me preguntó: -¿Ya se llevaron a Doroteo? Conteste con un movimiento de cabeza.

– ¡Valla! – Dijo el viejito que me preguntó – Por fin se lo llevaron… ¿sabes? Ya nos tenía harto de estar escuchando la misma historia del nombre de Pancho Villa. Siempre nos hacía lo mismo… cuando ya nos iba a decir el por qué del nombre de Pancho Villa, o se quedaba dormido o nos cambiaba el tema… ¿a ti te lo dijo?

Mi silencio fue la respuesta.

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