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El ritual estaba a punto de llegar a su fin. Los tambores pulsaban, frenéticos. La danza en torno al cenote aceleraba su ritmo. Era obvio que la gran mayoría de los participantes habían perdido su conciencia individual y eran ahora parte de la conciencia grupal que había despertado con el consumo de plantas alucinógenas y las horas de baile.

Estaban en trance los sacerdotes, los guerreros y casi todos los participantes.

Y no es para menos: una grave amenaza se cierne en el horizonte. Hace tiempo que ya habían conocido la existencia de los extranjeros. Algunos, incluso, se habían incorporado a su pueblo. Luego, pasó por aquí otra expedición que rescató a uno de ellos. Y supieron que esa expedición siguió adelante hasta conquistar a otro pueblo, que comerciaba con el suyo.

Sabían, temían que podrían regresar. Así que empezaron a prepararse, y más cuándo se enteraron que las reglas de la guerra –que no hicieron con ellos al pasar por allí- eran muy distintas: ni capturaban prisioneros ni bastaba con capturar a su capitán: ellos buscaban matar a los otros, exterminarlos aprovechando la superioridad de su tecnología. Se requerían soluciones diferentes.

Por eso no le sorprendió al capitán que el rey le mandara llamar.

-“Capitán, sabe que tenemos que prepararnos para la guerra”.

-“Lo entiendo, Majestad”.

.”Y que será algo diferente a lo convencional”.

-“Así lo entiendo”.

-“Y que Usted es el único que comparte esa experiencia”.

Sabía, siendo un náufrago, que él era el puente entre ambos mundos.

-“Lo entiendo, señor”.

-“Entonces comprenderá lo que debo pedirle. Y entiendo si se niega”.

– “No se preocupe, majestad, lo entiendo. Hagámoslo”.

El capitán estaba perdido como buena parte de los asistentes al ritual. Pero el no había tomado plantas alucinógenas, ni había danzado tanto. Si, participó pero con moderación. Su pérdida de conciencia ocurría por lo que sabía que pasaría.

Vio a su hija hermosamente ataviada. Parecía una princesa, una novia en su propia boda. Estaba feliz y radiante, aunque por instantes dejaba ver miedo –una parte de ella al menos.

El sacerdote tomó a Xanic’te, la hija del Capitán y le puso un hermoso collar de flores. Le puso perfume, y una corona de flores. Ella le sonrió. Se sentía honrada de que la habían considerado digna de llegar a ese punto.

A diferencia de otras doncellas, Xanic’te no fue obligada a saltar al cenote para ahogarse como sacrificio a los dioses. Ella saltó voluntariamente. Su piel, blanca –heredada de su padre- la hacían un sacrificio muy valioso. Y estaba dispuesta a morir, tanto para probar a su padre que ese ya era su pueblo como para atraer la paz.

Gonzalo Guerrero, el náufrago español avecindado entre los mayas, ese día tomó una resolución: si los dioses no se calmaban con el sacrificio de su hija, él encabezaría la resistencia contra la conquista española en territorio maya. Para ayudar a su pueblo. Para evitar más desgracias. Ante todo, para calmar el dolor por la muerte de su Xanic’te.  El dolor de Gonzalo mantuvo a los mayas libres del yugo español por casi 30 años más.

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