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-Daniel… Daniel! –la voz se escuchaba lejana. Pero familiar. Ya la había escuchado antes, pero no sabía de dónde venía- Baja ya. Se enfría tu té…”

Por un momento no sintió ese frío húmedo que cala los huesos. Por un momento no olió la humedad que se apoderaba de las paredes. Por un momento, estaba en casa. Por un momento estaba debajo de esas cobijas que lo cubrían del frío. Escuchaba a los pequeños caminar por la casa y dirigir sus pasos hacia el piso de abajo. Sentía al sol asomarse por su ventana. Percibía el olor a té recién hecho y el pan. Era una bonita manera de despertar, a pesar de las adversidades por las que atravesaba.

¡Daniel! – La voz había cambiado. Era seca. Dura. Y esa voz lo trajo de regreso. El frío, la humedad, la obscuridad. El encierro.

-¡Vaya! Hasta que despertó Su Majestad.

-No me jodas, Pearson.

-Tengo más de media hora tratando de despertarte. Creo que tu té ya se enfrió.

-Esa porquería que nos dan no puede llamarse té. Sería mejor beber mis orines.

-Vaya, Defoe, hasta en la cárcel te pones quisquilloso. De haber sabido, habría hablado con el alcaide para procurarte un mejor sitio.

Daniel sonrío. Seguía sin entender como un viejo como Pearson podía hacerle sonreír, a pesar de su edad y el encierro en Newgate. Ya habían pasado semanas desde su encarcelamiento por deudas a sus acreedores y había perdido la noción del tiempo.

-¿Te lo vas a tomar o no?

-Mejor eso a no tener nada en el estómago.- espetó Defoe, mientras se incorporaba para tomar el vaso de té.

-¡Vaya! –Contestó Pearson- Qué bueno que su majestad se pone de pié. Así no tendré que levantarlo de una patada en el trasero.

-Alguien se levantó de mal humor… -Contestó Defoe- Parece que al señor empresario le hizo mal el clima el día de hoy.

-¿Y cómo carajos esperas que sepa el clima si estamos en este hoyo maloliente? Siempre ha sido difícil saber qué hora es, o por lo menos saber en que parte del día estamos. Si no fuera por los guardias dejando lo que ellos llaman “desayuno” o la “cena”, la única forma de saber el momento del día sería cuando voy a defecar.

-Me da gusto que se mantenga tan refinado como siempre “Sir” Walter Pearson –Contestó en tono burlón Defoe, mientras se acercaba el vaso maloliente con el té frío.

-Bah! – espetó Pearson- Los títulos nunca han servido de nada cuando estás encerrado. Eso es lo que uno aprende después de algunos años aquí.

-Si hablas de años… no sé lo que me espera.

-Tú estarás bien, Daniel.

-No sé, Walter… Ya no soporto este encierro…

-¿Y dime quién lo haría? Deberías usar tu tiempo para hacer algo que por lo menos te saque de aquí, aunque sea en la mente. Piensa que son vacaciones en un hospital… o en Belfast. –Pearson ríe de manera estrepitosa. Y logra su objetivo. Hace que Daniel ría también.

-Tienes razón, viejo amigo. Aunque no sé que podría hacer.

-Escribes, ¿no es así?

-Si. Pero dentro de éstas paredes, no hay mucho sobre que hacerlo.

-Mira… hace un tiempo, unos meses atrás, ya no sé… me vino a visitar mi yerno Thomas. Me trajo noticias de la familia, la misma porquería. Y me contó una historia, que me parece de lo más fascinante. Una historia sobre un tipo, Selkirk, creo que se llama. Navegaba en un galeón y al parecer, tuvo un altercado con el capitán del barco. Y este, en castigo, lo dejó abandonado en una isla.

-¿Qué? ¡Eso es inhumano! ¿Qué clase de hombre abandona a otro a su suerte en altamar?

-Inhumano son las condiciones en las que estamos, Daniel. Y son las leyes de la marina mercante de Su Majestad. Con esas cosas no se juega. Es como en el ejército. Sólo vete tú a imaginar que estará viviendo ese pobre diablo en sabrá qué pedazo de tierra olvidada por Dios.

-Dime lo que quieras… pero me parece que ese capitán es un animal.

-Eres demasido blando, Daniel. Pero creo que esa es una buena historia para comenzar. O por lo menos para ocupar tu mente en algo.

-Lo que más me ofende es que me digas blando, Pearson.

-Más ofendido debe estar el noble caballero al que no le pagaste lo acordado por el embarque de vino francés que le prometiste comprar…

-De verdad, Pearson… a veces no te tolero.

-Vete acostumbrando… Ya llevamos 6 meses en esta pocilga. Y sólo Dios sabe cuando saldremos. Vivos o muertos. Pero saldremos algún día.

-Brindo por eso, Pearson. Brindo por eso.

 

 

 

 

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