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Los domingos aquí son bastante calurosos. En realidad, cualquier día del verano es bochornoso y me hace sudar, lo que no me parece nada agradable. Hoy estoy cansado porque otra vez dormí bien, esos sueños me dan cada vez más miedo y hacen que me despierte con el corazón latiendo a toda velocidad cada noche. Probablemente un día se me salga por la boca y me muera, como en las historias de Julio Verne. Julio Florencio. Es divertido que alguien que escriba libros se llame igual que yo. Aunque creo que ese Julio nunca escribió que a alguien se le saliera el corazón. No lo se.

Estoy aburrido. Afuera las personas pasean en sus bicicletas y en sus autos modernos vestidos con esos trajes tan bonitos y los sombreros que siempre combinan. Lo más seguro es que vayan a reuniones con más personas vestidas de la misma manera y escucharán sus canciones de big band o charleston, como las que le gustan a mi tía y a mamá. Ellas toman un descanso en la parte trasera de la casa, donde está el jardín y las sombrillas para cubrirse del sol que, dicen, les hace daño. Se me hace raro que algo les haga daño y sigan ahí tendidas con el calor que hace. En fin, ellas están muy tranquilas ahí, escuchando sus canciones de big band.

Camino un rato por la casa que conozco bastante bien. Una casa enorme donde hemos vivido desde hace poco tiempo. Llegamos aquí antes de que mi papá falleciera y es donde hago mis tareas cuando regreso de la escuela. También donde escribo mis cuentos para ser mejor que Allan Poe, aunque no escribo mucho de terror pero algún día seré más famoso que él.

Se me antoja algo de comer, unos dulces me caerían bien. Normalmente mamá me diría que no porque no son buenos para la salud, aunque yo no le creo porque ella se asolea mucho y fuma cientos de cigarros al día. Un dulce no puede ser peor que asarse en el jardín fumando. Entro a la alacena que es enorme como casi todo en esta casa y trato de alcanzar esa bolsa de tela donde se guardan las golosinas. Chocolates, regalices de azúcar, nueces cubiertas y cacahuates garapiñados. En realidad son muchos como para estar “prohibidos” en esta casa. Dejo emparejada la puerta de la alacena para no hacer ruido y ganarme un regaño por comerme esos dulces que no debo y comienzo a escalar los estantes que parecen dignos de una historia de aventuras. Subo uno por uno los estantes que he subido cientos de veces a escondidas para llegar a aquel botín digno de un cazador africano.

Lo que no contaba es que una de las personas de la servidumbre de esta casa limpió el piso con una sustancia resbalosa que se ha pegado a mis zapatos de agujeta, mismas que casi siempre traigo desatadas. “Amárrate esas agujetas que te vas a caer”. Ya oigo a mi mamá decirme eso otra vez, como las mil anteriores. Y como las mil anteriores no le hago caso y sigo subiendo los peldaños para mi gran premio.

Obviamente me resbalo desde una altura cercana a los 100 metros, o tal vez sería como 1 metro pero yo la veo enorme. Caigo el suelo y la puerta de la alacena, tan enorme como la alacena misma, se cierra, quedo atrapado y me desmayo. No se porqué se habrá cerrado esa puerta, pues yo estaba bastante lejos como para empujarla con mi caída. Tal vez alguno de los fantasmas que me persiguen en sueños me alcanzó hasta acá y la cerró para dejarme atrapado y morir en este lugar tan lleno de comida y tan vacío de libertad.

Despierto un rato después con una venda en la cabeza, un chichón en la nuca y acostado en mi cama. Ya casi es de noche y no recuerdo haber comido algo pero no tengo hambre. Supongo que fui rescatado, curado y me trajeron a mi cama a que descansara. Obviamente me quedé sin dulces, castigado y con dolor de cabeza. Pero estoy otra vez donde todo comienza, en mi cama donde casi no puedo dormir, cuando duermo tengo pesadillas y prefiero estar despierto para escribir algunas historias con mis lápices y esas hojas que tomé del estudio de mi padre.

Afuera siguen sonando a lo lejos las canciones de big band, las bicicletas siguen pasando y algunas personas todavía visten esos trajes con sombrero que los hacen ver elegantes. Hoy empezaré con nuevas ideas que me harán más famoso que Edgar Allan Poe.

Los domingos aquí son bastante calurosos.

 

 

 

 

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