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Algunos dicen que tengo el corazón negro, algunos otros dicen que no tengo corazón, yo digo que no necesito un corazón…

Nací en el puerto y desde entonces supe que no se puede vivir a base de sentimientos; hay que ser más listo, más fuerte, más astuto. Hubo momentos en que pensé que podía ser diferente, que ser honesto y bueno con los demás haría diferencia. Pero estaba muy equivocado.

En el puerto no hay muchas opciones de vida, te puedes dedicar a la pesca, puedes enrolarte en el ejército del rey, puedes ser comerciarte en las sucias calles cerca del muelle o puedes quedarte parado en la parte más alta de ese montón de piedras sin forma, llenas de pequeños caracoles,  que se forma entre el muelle y el mar y que solo sirve para darte cuenta que la vida no vale sin oro y que el oro no se gana siendo comerciante, que el oro no se pesca, que el oro del ejército no vale la pena.

Sin embargo no tuve muchas alternativas. Mis padres me vendieron a ese sucio barco mercante lleno de frutas y verduras. Barco que ahora veo arder. Hace tan sólo una hora estábamos navegando hacia La Española, en donde llenamos las bodegas.  Hace cuarenta minutos mientras la cena estaba servida y todos bebíamos al menos dos tarros de cerveza, llegó el primer impacto. Al podernos ponernos en pie, subimos rápidamente hacia la cubierta, era demasiado tarde, los piratas ya estaban encima de nosotros. Solo necesitaron el disparo de un cañón. Los vigías yacían en los tablones junto al mástil principal. Sentí un golpe en la nuca antes de desvanecerme.

El barco, donde me tienen viendo mi pasado quemarse y ser tragado por el mar, es completamente negro, incluyendo las velas. Sólo escucho risas y palabras victoriosas, los demás estamos atados, amordazados.

-¡No es lo que yo esperaba! – Grita una voz grave, parece que aún está masticando algo y adivino que lo escupe mientras habla. – Sólo una bola de comerciantes sin valor, seguro no pueden ni limpiarse la mierda de su trasero.

Claramente es el capitán del barco ya que los demás lo escuchan con atención y rompen en carcajadas cuando termina de hablar.

Se pasea por entre los presos y uno a uno nos pregunta nuestro nombre y ocupación. Al verlo, no puedo creer que sea el capitán de este barco, si bien todos los tripulantes están sucios, desaliñados, portan aretes y cadenas de oro y a varios les faltan algunos dientes, el capitán es particularmente… ¿cómo describirlo?… vistoso, curioso, diferente… Como salido de un mal libro de terror mezclado con una comedia barata. Es bastante…colorido.

No dice su nombre.

Se coloca delante de mí. Se burla de mi nariz abultada y llena de marcas  dejadas por el acné. El resto de la tripulación ríe con él. Aburrido ya de tantas preguntas únicamente me dice -¿Por qué no debería tirarte al mar como a tus cuatro amigos (y los que faltan)? – Firme y sin dudarlo respondo – Porque soy como tú, soy listo, soy fuerte, en el fondo soy un pirata pero estaba atrapado en ese barco mercante junto con todas esas señoritas – Escupo al piso.

Todos ríen al mismo tiempo, no permito que note mi terror, no quiero morir ahogado o peor, el caribe es un mar lleno de otros peligros.

-Muy bien – me dice – probemos. Con su espada corta las cuerdas que me sujetan al mástil. Me ofrece otra que parece que no ha sido afilada en mucho tiempo. Llama alguien de la tripulación de nombre impronunciable y me ofrece como voluntario a pelear contra él. Anunciando el duelo grita – ¡Uno de los dos visitará a nuestros amigos tiburones! ¡El otro limpiará la cubierta!

Tantas peleas en los muelles han servido de algo.

Así es como me uno a las filas del Perla Negra.

Con el tiempo me he ganado la confianza del capitán, el cual, en mi forma de ver no es un gran capitán, deja que los demás hagan lo que se les pega la gana, no lleva un rumbo establecido, roba los barcos que se cruzan en su camino, la mayoría solo deja comida, nada de valor real, nada de joyas, nada de oro.

En una parada, en una de las islas menos recomendables para los turistas y en medio de cerveza, vino y mujeres escuché la historia que por fin hará que el Perla Negrea sea mío.

Poco a poco genero un rumor entre la tripulación, el Tesoro de Cortés, se dónde está…

Pero la única forma de guiarlos a él es que yo sea el capitán. Todos tendrán su parte, todos serán ricos. El oro siempre ha sido la mejor forma de persuadir a vagos y nobles. No, no es el oro, es la promesa de oro.

Es hora, esta noche me convertiré en capitán. Con ayuda de la mayoría de la tripulación salgo victorioso, los amigos cercanos de Sparrow han muerto, a él le espera un destino diferente.

Lo dejo en una isla desierta acompañado solamente de una pistola y una bala. Es el fin de su historia. Es el principio de la mía.

Mientras me alejo de la isla en la balsa donde lo transportamos le recuerdo – ¡Mi nombre es Héctor! ¡Héctor Barbossa! Recuérdalo antes de morir.

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